Noticias eXplora: Chamanes de Mongolia revelan sus secretos (I) Había pasado un año desde la última vez que había visto al chamán Munkhbat, y me emocionó descubrir que estaba disponible por primera vez en varias semanas. Había pasado todo un año desde la última vez que lo había visto escupiendo vodka sobre una hoguera. Cuando entramos en su cuarto de trabajo, a Chimge (mi guía) y a mí nos presentaron brevemente a Muunokhoi, un muchacho muy callado de unos veintitantos años que estaba sentado en el sofá con el ceño fruncido. Observó cada uno de nuestros movimientos como si fuera un guarda de seguridad, preparado para entrar en acción en cuanto fuera necesario. Tres tambores de distintas formas colgaban de la pared por encima del sofá en el que él estaba sentado. Una pequeña multitud de chicos con mirada sombría se asomaban a la puerta de vez en cuando. La piel de marmota que colgaba de la pared por encima del altar de Munkhbat estaba tan cargada de poder que casi parecía que respirara. Efigies de espíritus ongot abarrotaban el altar, junto con sus herramientas chamánicas. Munkhbat comenzó a hablar: «Mis tres abuelos me enseñaron a ejercer de chamán». ¿Cómo es posible que uno tenga tres abuelos?, me pregunté para mis adentros. Munkhbat percibió de inmediato la pregunta: «Tengo una compleja historia familiar», dijo, y apartó la mirada con un gesto triste en los labios. Entonces echó una mirada alrededor de mi cabeza, hacia arriba y más allá de donde yo estaba, percibiendo seguramente algo del mundo invisible. Entrecerró los ojos, pero no dijo nada durante un tiempo. «Cuando tenía solo tres años –continuó–, mi primer abuelo me metió en el agujero de un árbol que había sido alcanzado por un rayo. Me dejó allí solo durante horas. Lloré y lloré, pero al final llegué a conocer al espíritu de ese árbol». Sus casi cinco décadas de trabajo como chamán llenaban cada una de sus palabras. Munkhbat sonrió entonces y sus ojos brillaron: «Más tarde descubrí que mi abuelo me había vigilado desde lo lejos. Para cuando cumplí cinco años, sabía más sobre la naturaleza y sus aspectos espirituales que cualquier otro niño que conociera. Empecé a utilizar una cazuela a modo de tambor, y sabía cuándo iban a venir visitas mucho antes de que llegaran. Casi todos los chamanes eran enviados lejos, a los gulags (campos de trabajo), en la época comunista, pero yo y otros cuantos sobrevivimos y continuamos nuestras prácticas en el más estricto secreto. Durante más de veinte años fui perseguido por la policía secreta y viví con un miedo constante a que me descubrieran. Los espíritus me dijeron que debía continuar sirviendo a la gente». «ESA COSA NO DEJA DE MOVERSE» Munkhbat continuó desvelándome algunas de las claves de su trabajo chamánico: «Dentro de la gerlen bürhüül (aura o campo de energía humano) hay muchos tengers, pero se marcharán si existen muchos agujeros en el aura que nos rodea». Esa sí que era una visión interesante de los tengers, a los que, hasta ese momento, yo solo había oído describir como dioses del cielo. Quería saber más. «Los tengers pueden formar parte de una persona, estar dentro de una persona; pueden entrar o salir de una persona», continuó Munkhbat. Mi cabeza no dejaba de darle vueltas a este nuevo punto de vista. El chamán me mostró unos cuantos diagramas de los campos de energía humanos que ilustraban a los tengers dentro de esos campos. Munkhbat siguió hablándome de su vida: «He ejercido como chamán durante más de cuarenta y siete años, la mayoría de ellos en secreto. Cuando estaba a punto de cumplir nueve años, empecé a trabajar con los espíritus de la naturaleza. A los dieciséis ya usaba piedras y monedas para hacer adivinaciones y diagnósticos, y poco después empecé a curar dolores de cabeza mediante la imposición de manos. Munkhbat hinchó el pecho un poco y se dobló hacia atrás con la cabeza inclinada, estudiando mi aura con detenimiento. «¿Tienes dolor en esta zona?», preguntó de repente. Sí que lo tenía, y me sentí impresionado. Me dijo que tenía una debilidad en esa área…