Viaje fotográfico a la España rural
El autobús ascendía fatigosamente las rampas, aún de tierra, del puerto de Oncala un mediodía de julio de 1961.
En él viajaba un joven alicantino recién licenciado que acudía a cubrir su plaza de médico en el pueblo de San Pedro Manrique. Sentado cerca del conductor, debía de llamar la atención por su aspecto de señorito. Con el recuerdo de la luz y la exuberancia mediterráneas aún en su retina, miraba por la ventanilla: «El paisaje era espectacular y tétrico; <strong>montañas resecas, sin árboles, con rocas negras hasta el infinito…</strong> A lo lejos se distinguía un gran rebaño de ovejas. Quedé asombrado y pregunté a mi vecino de asiento: –Pero, ¿qué comen estos animales?, a lo que el lacónico viajero respondió: –Piedras, comen piedras». El médico se llamaba Rafael Cano García, y nos dejó sus impresiones de estas tierras y de sus gentes, a las que dedicó lo mejor de su juventud, en un libro humilde y honesto titulado Tierras de San Pedro, hoy difícil de encontrar.Don Rafael llegó a las Tierras Altas de Soria en la que podríamos denominar <strong>la década de la «desolación», la de los sesenta.</strong> Fueron pasando los años y vio «cómo aquella comarca se fue cubriendo de pinos al tiempo que se quedaba sin habitantes». Las viejas sendas y caminos de herradura que tan dificultosamente comunicaban muchos pueblos se fueron modernizando. «Lo que no se había hecho antes por las personas se hizo entonces por los pinos». Y por esas mismas pistas por las que llegaron los pinos se fueron yendo las personas.Desde que Sergio del Molino publicó hace un par de años su libro <em>La España vacía</em> –título tan certero como simplificador por lo que tiene de titular, y especialmente doloroso para las gentes que todavía pueblan esa España–, <strong>el problema demográfico parece haberse puesto una vez más de actualidad</strong>. Es como si se tratase de algo cíclico. Primero les tocó sacarlo a la luz, a contracorriente de la movida de los ochenta, a los que podríamos considerar hijos de esa España vacía, con el escritor Julio Llamazares y su novela <em>La lluvia amarilla</em> al frente. Y ahora les toca a los nietos, como Sergio del Molino o Paco Cerdá, con otro libro, Los últimos.<a href="
https://www.nationalgeographic.com.es/medio/2022/10/18/una-vida-nada-facil_e11834de_800x1198.jpg">Dolores, vecina de Los Campos, vive hoy tranquila, pero no olvida las penas que pas&oacute; su madre, viuda, para sacar a sus hijos adelante. </a>Pero <strong>esa España en realidad no está vacía, o al menos no del todo</strong>, y por ello el problema es profundamente humano. Ya sabemos que las cifras son peligrosas y manipulables al gusto… ¿cuánto es mucho o poco? Dicen los periódicos que <strong>el 20% de la población española vive en el 80% del territorio y viceversa.</strong> Parece impactante, pero no olvidemos que <strong>ese 20%, esa España interior, aún suma ocho o nueve millones de habitantes, algo más que la población de Nueva York.</strong> También podemos decir que en la que se ha dado en llamar, de modo un tanto reduccionista, Serranía Celtibérica, una <strong>gran extensión en torno al Sistema Ibérico que abarca varias provincias e incluye algunas capitales, viven apenas medio millón de personas censadas</strong>, lo que da una d<strong>ensidad de población de menos de 8 habitantes por kilómetro cuadrado</strong>; de ahí a empezar a llamar a este territorio la Laponia española hay un paso (tópicos y eslóganes siempre al acecho). Pero, con medio millón de personas, todavía llenaríamos los estadios del Real Madrid y del Barça un par de veces cada uno… todo es relativo. Y para terminar con las cifras, si ponemos la lupa en Tierras Altas, la comarca soriana que nos ocupa, son 57.800 hectáreas (algo así como 57.800 campos de fútbol, por seguir con el símil futbolístico) en las que viven 1.211 personas, lo que <strong>da un promedio de 2,09 habitantes por kilómetro cuadrado</strong> (que tocarían a casi 48 campos de fútbol por persona), reunidos en 57…