Oí hablar por vez primera de esta fascinante cultura cuando realizaba las locuciones para la serie Indonesia Mítica, que, dirigida por mi buen amigo Juanjo Revenga, se emitió hará un par de años a través de La 2 de TVE. Y he de reconocer que la tenaza una vez más me apretó con fuerza el corazón. En pocas ocasiones el culto a los muertos adquiría tintes tan siniestros como lo hacía en este pueblo indonesio… Su civilización creció en el corazón de la isla de Sulawesi, tan aislada como el terruño que habitaban en mitad del océano Pacífico. Su vida, desde el principio, no fue fácil. Las islas de Indonesia se sitúan en el conocido "anillo de fuego", una falla que permanece milagrosamente unida y que permite que más de mil volcanes estén comunicados entre sí, lo que convierte a esta región del planeta en una de las más inestables, donde erupciones, terremotos y tsunamis están tristemente a la orden del día. Quién sabe si por este motivo, a fin de calmar la ira de los dioses del mundo antiguo, las culturas que se han asentado en estas islas han creado un corpus místico sin parangón, tan propio que les mantienen atados de por vida, aunque como ocurre con la etnia toraja –que traducido del idioma bugi significa "habitantes de las tierras altas"– no se encuentren en el lugar que les vio nacer. Porque hoy día, si bien es cierto que este pueblo está formado por aproximadamente seiscientos cincuenta mil personas que se reparten por los frondosos bosques del centro de Sulawesi, no menos lo es que son aproximadamente seis millones los que se reparten por el orbe terrestre. Y aún así, su sentimiento religioso les mantiene asidos por un hilo etéreo a su pueblo, a sus tradiciones milenarias, al punto de que cuando un miembro de este clan fallece, los familiares hacen lo humanamente posible para que su cuerpo regrese al país de sus ancestros para que de este modo reciba los honores acordes a su tradición. Una tradición que, dicho sea de paso, está revestida de elementos que a nuestros ojos podrían resultar sumamente desagradables… Baste decir que el fallecido es colocado en un lugar prominente de su hogar, sobre una mesa con una serie de canales a los lados, y poco después del deceso es atravesado por unas cañas de bambú cuya función es la de vaciar el cuerpo de fluidos, a fin de retrasar el proceso natural de descomposición. Y mientras esto ocurre –que puede prolongarse por espacio de varios días–, sus familiares se lanzan a la desesperada labor de, en uno de los países más pobres del planeta, amasar la mayor cantidad económica posible, primero para invitar a cuantos deseen acudir al funeral a una gran fiesta, y después para, en honor al muerto, sacrificar el mayor número de búfalos, pues de este modo se facilitará el paso del difunto al otro mundo. Así las cosas, el valle Torija, rodeado de una exuberante selva que parece protegerles de miradas incómodas, se llena de gente llegada desde poblaciones lejanas; los búfalos y los cerdos no emiten sonido alguno, quién sabe si conscientes de terrible final que les aguarda; los hombres afilan sus enormes machetes, pues hoy no van a cortar las ramas de la jungla; hoy el camino a abrir es otro, más importante. Es por ello que los búfalos más valorados, por su rareza –y precio–, son los albinos de ojos azules, que llegan a alcanzar un precio superior a los seis mil euros, y por los que algunas familias llegan a vender gran parte de sus posesiones. Pero eso es lo que requiere el difunto, que mientras se deseca es visitado por los miembros de otros clanes y honrado por los suyos, invitándole a comer cuando es hora de ello, o a fumar cuando la tarde cubre de sombras el país de los torajas… En estos grandes entierros se han llegado a sacrificar más de 500 búfalos, convirtiendo los valles y el lugar de sacrificio en un auténtico mar de sangre LOS MISTERIOSOS TAU TAU Como afirma el productor de TVE Juanjo Revenga, "en estos grandes entierros se han llegado a sacrificar más de 500 búfalos, convirtiendo los valles…