Harry Price era una eminencia en el año 1923; una suerte de científico que dedicaba su vida a la resolución de los sucesos paranormales que de la noche a la mañana habían comenzado a surgir con inusitada frecuencia, especialmente desde que apenas un cuarto de siglo antes los salones de té se empezaran a llenar de paragnostas y psicómetros que aseguraban entrar en contacto con aquellos que ya marcharon. Eran los adalides de una religión que se extendía por el Viejo Continente como la pólvora, y que llegaba desde Norteamérica, a la que llamaban espiritismo, precisamente por la manera que el interesado tenía de interactuar con los espíritus de los muertos. Sea como fuere, Price, que por las fechas citadas era uno de los miembros más ilustres de la Society for Psychical Research londinense, y a estas alturas de su vida ya sabía que la manifestación de sucesos inexplicables era una realidad para la que la ciencia aún no poseía una respuesta firme. Y él, hombre perteneciente a esa misma ciencia, que por entonces no marcaba una línea muy definida, buscaba las respuestas que esa paraciencia pudiera ofrecerle. Por eso, cuando acudía a algún lugar donde se estuviesen produciendo manifestaciones de este corte, lo hacía con tranquilidad, consciente de que su vasta experiencia le dictaba que esos sucesos, amén de esporádicos eran muy interpretables. Al menos hasta ahora… Figuras fantasmales de cocheros decapitados o monjas son algunas de las apariciones descritas por los testigos Harry Price en una fotografía junto a un "falso" espíritu EL LUGAR MÁS ENCANTADO DE INGLATERRA El 10 de julio de 1929, el prestigioso diario Daily Mirror arrancaba su portada con una sorprendente información: en una vieja rectoría ubicada al sur del país se estaban produciendo una serie de fenómenos difícilmente explicables, que mantenían en vilo a los trabajadores del centro, y a los alumnos que se hospedaban en el mismo. El rotativo aseguraba que los testigos aseguraban haber visto "figuras fantasmales de cocheros decapitados, una monja –fantasmal–, una carroza tirada por dos caballos que aparecía y desaparecía misteriosamente, pisadas en habitaciones que estaban vacías…". Aquello sobrepasaba lo estudiado hasta ahora. Incluso las experiencias del gran Charles Richet con el supuesto espectro de la aparecida Katie King parecían quedar en un segundo plano, porque en la rectoría de Borley, al margen de la variedad de fenómenos insólitos, llamaba poderosamente la atención la igualmente elevada variedad de testigos. El lugar sobre el que se levantó la vieja rectoría fue escenario de tragedias y amores imposibles con un desenlace sangriento El edificio, de estilo victoriano, era una mole de ladrillo de dos plantas y 23 habitaciones, con una historia lo suficientemente sugestiva como para que Price, nada más arribar al lugar, comprendiera que los sucesos que se estaban produciendo tenían su génesis en acontecimientos pasados. Porque aquel lugar, o más el solar sobre el que ahora se elevaban los ladrillos rojos del edificio embrujado fue escenario de tragedia, de romances imposibles que acabaron con la sangre tiñendo el verde prado. Cuentan las crónicas que a principios del siglo XIII en este mismo suelo se elevaba un viejo convento, con los muros tan gruesos que evitaban las miradas curiosas de aquellos que intuían que en su interior los religiosos se daban a placeres demasiado mundanos. Sea como fuere, uno de estos sacerdotes se enamoró perdidamente de una monja del claustro de Bures, que distaba del lugar algo menos de 15 kilómetros. Y ella, por lo que se ve, le correspondía. Hay quien no pudo contener el horror que le provocaban los fenómenos que un día sí y otro también, allí se producían En ese tiempo el amor entre religiosos se consideraba tentación, y sólo el señor de los avernos sabía qué hilos mover para que finalmente éstos cayeran en sus redes, por lo que la pareja de amantes, conscientes de que de conocerse su romance tendrían serios problemas, decidieron huir.…

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