Escuchando los sonidos de la Tierra

Durante mucho tiempo la humanidad imaginó que las profundidades marinas eran un reino silencioso, carente de sonidos; incluso el gran explorador de los océanos Jacques Cousteau, inventor de la escafandra autónoma en 1943, tituló El mundo del silencio el libro y la película que realizó a mediados de 1950 para dar a conocer al mundo las maravillas de un mar que estaba entonces en sus inicios exploratorios. Pero nada más lejos de la realidad. Como se empezaría a descubrir años más tarde gracias a los avances en bioacústica, el mar alberga un magnífico auditorio donde se interpreta un majestuoso concierto del que nosotros los humanos, sin ayuda de la tecnología, apenas percibimos un 10%. Se trata de una sinfonía conformada por todos los sonidos que los animales intercambian entre sí, un rico paisaje sonoro que se ha venido gestando desde los orígenes de la vida y en el que estamos interfiriendo de una forma brutal. Desde hace ya demasiado tiempo, las ruidosas actividades humanas dificultan esa comunicación submarina, con unas consecuencias devastadoras para una gran variedad de organismos.<a href="https://www.nationalgeographic.com.es/medio/2022/08/23/rae02ma-1308-012_32415a7d_800x533.jpg">Una cabina suspendida de un brazo articulado permite al operario sumergir una de las boyas pasivas&amp;nbsp;del sistema de escuchas de la Tierra ideado por el investigador Michel Andr&amp;eacute; en el &amp;Aacute;rtico, en el marco&amp;nbsp;del proyecto LIDO (Listen to the Deep-Ocean Environment). <a href="https://www.nationalgeographic.com.es/medio/2022/08/23/12antardida-heather-cruickshank_b8cb59a0_800x600.jpg">Con los auriculares puestos y gracias a una boya situada en el fondo marino, Michel Andr&amp;eacute; escucha&amp;nbsp;el ruido del &amp;Aacute;rtico, cuyo deshielo ha abierto&amp;nbsp;la posibilidad a nuevas actividades humanas.&amp;nbsp;La perturbaci&amp;oacute;n sonora en el ecosistema puede causar un desequilibrio de la biodiversidad polar. «El sonido es para muchos animales el principal medio de comunicación, tanto entre individuos de la misma especie como entre las distintas especies», dice Michel André, profesor de bioacústica en la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC) y director del <a href="http://www.lab.upc.edu/index2.php?web=presentacion&lang=es">Laboratorio de Aplicaciones Bioacústicas (LAB) de dicha universidad. Nacido en Toulouse, este ingeniero y biólogo lleva más de 30 años estudiando el impacto que acarrea la contaminación acústica en el medio marino. Y no solo sobre los mamíferos, en especial los cetáceos, como se pensaba hasta hace unos años. Hoy sabemos que el ruido que producimos debajo del agua –tráfico marítimo, prospecciones petrolíferas, construcción de parques eólicos, puertos o puentes, campañas sísmicas, minería submarina, sonares militares y comerciales…– afecta también a peces, invertebrados marinos e incluso a especies de flora marina como la Posidonia oceanica.André, que estudió en Francia bioquímica y fisiología animal, y biotecnología, y luego se especializó en bioacústica en Estados Unidos, llegó a las islas Canarias en 1992 a raíz de varias colisiones entre embarcaciones y cetáceos –en concreto, cachalotes (Physeter macrocephalus)–que provocaron heridos graves e incluso un muerto entre los pasajeros. Los expertos, él incluido, apuntaron ya entonces que las colisiones podrían deberse a una pérdida de capacidad auditiva de esos animales, algo que se pudo confirmar a posteriori en las autopsias. «Algunos cetáceos, como los cachalotes, sufren pérdidas irreversibles de audición debido al creciente alboroto en los océanos provocado por los seres humanos –explica el científico–. Además, estos grandes mamíferos marinos suelen emerger a la superficie de forma brusca para respirar, tras permanecer a 3.000 metros de profundidad alimentándose, un esfuerzo del que les cuesta recuperarse alrededor de 15 minutos. Es en ese lapso de tiempo cuando son embestidos por las afiladas quillas que tan a menudo los dejan heridos…

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