Noticias eXplora: Tutankamón: el faraón que vino de las estrellas Hace un siglo, la egiptología vivió uno de sus momentos más extraordinarios: el hallazgo de una tumba intacta en el Valle de los Reyes. Sucedió el 4 de noviembre de 1922, cuando un aguador del equipo arqueológico de Howard Carter tropezó con una piedra que resultó ser el comienzo de una escalinata. Veinte días más tarde, el arqueólogo británico, que había sido inspector jefe del Departamento de Antigüedades del Gobierno egipcio, había excavado parcialmente los dieciséis escalones hasta llegar a una puerta de barro en la que eran visibles varios sellos con escritura jeroglífica. Los cartuchos del acceso a la tumba tenían grabado el nombre de Tutankamón, último faraón de la dinastía XVIII que gobernó Egipto entre los años 1334 y 1325 a. C. Sello de la tumba de Tutankamón El día 26, Carter realizó una pequeña abertura en la esquina superior izquierda de la entrada acompañado de su mecenas, Lord Carnarvon, quien le preguntó si podía ver algo a través de aquel agujero. Carter, que sostenía una vela en su mano para iluminar el interior, pudo contemplar los tesoros que se escondían y respondió: «¡Sí, puedo ver cosas maravillosas!». Así es como tuvo lugar el descubrimiento más importante de una tumba faraónica intacta en Egipto, y con este hallazgo nacieron numerosos interrogantes que hasta la fecha no han podido ser disipados totalmente. ¿Cómo murió el faraón? ¿Quiénes fueron sus padres? Si nadie había entrado en su tumba en los últimos 3.000 años, ¿por qué estaba todo en completo desorden? Y algo más inquietante: ¿Por qué las efigies que representan al joven faraón en jarros, sarcófagos y su célebre máscara son tan diferentes entre sí? Momentodel hallazgo de la tumba BORRADO DE LA HISTORIA Parte de los enigmas son una consecuencia de la falta de información o referencias a Tutankamón, porque tanto el faraón como su familia habían sido relegados al olvido a causa de la revolución de El Amarna protagonizada por su padre: Akenatón. El llamado faraón hereje instauró una reforma religiosa que abandonaba el politeísmo que regía en Egipto en favor de un único dios: Atón. Los dioses en formas animales y antropomorfas fueron reemplazados por un dios abstracto, el Sol, que iluminaba con sus rayos al rey, que se convertía en su mediador. El faraón, además, trasladó a mediados del siglo XIV a. C. la capital del país de Tebas a Tell el Amarna, despojando a los sacerdotes de todos sus privilegios. No fue una gran idea, pues esa decisión le generó numerosos y potentes enemigos. Akenatón, conocido como el faraón hereje por su reforma religiosa Cualquiera que haya visitado este emplazamiento, situado a 45 km al sur de Mania, sabrá que hoy no queda nada de la ciudad. Solo es visible una gigantesca extensión, yerma, con una necrópolis y algunos muros de adobe de lo que otrora fueron palacios, casas, talleres y un templo dedicado a Atón. En solo una década, el lugar fue abandonado y destruido posteriormente por orden de los faraones que tomaron el relevo del hereje. El pueblo se encargaría más tarde de utilizar los adobes para construir sus propias casas lejos de allí. Paradójicamente, el hecho de que nunca se haya levantado otra ciudad sobre sus cimientos, como si fuera un lugar maldito, ha permitido a los arqueólogos recabar mucha información sobre el modo de vida y costumbres, pues por la basura que dejaron sus pobladores se sabe tenían una dieta sana y equilibrada. Sus ojos se detuvieron en un disco refulgente posado sobre una roca, y éste latía como el corazón del faraón, y su brillo era como el oro y la púrpura CONTACTO OVNI Tell el-Amarna es el nombre en árabe de esta localización. Amenhotep o Amenofis IV la bautizó como Akhet-Aton (Horizonte de Atón) tras una singular experiencia que figura en las estelas fronterizas que delimitaban la ciudad. Aunque muchas de ellas están en un estado lamentable, aún se puede leer en ellas: «... Y así sucedió que, estando el faraón en la caza del león y siendo pleno día, sus ojos se detuvieron…