Escribo no ficción porque, el poder que no se cuestiona se pudre. El mundo está lleno de pactos secretos, acuerdos discretos y narrativas cambiantes diseñadas para beneficiar a unos pocos mientras que los demás se quedan a oscuras. Las políticas se reescriben, los contratos se reinterpretan y los acuerdos se traicionan en cuanto se vuelven inconvenientes. La verdad, si se descuida, no solo se distorsiona, sino que se borra. Alguien tiene que escribirla antes de que desaparezca.

Pero la verdad nunca es simple.

No es algo único y brillante esperando a ser desenterrado. Tiene múltiples capas, está enredada en la perspectiva y el contexto, a menudo enterrada bajo años de falsedades cuidadosamente cultivadas. La búsqueda de la verdad no se trata solo de exponer mentiras; se trata de navegar por los espacios grises, los testimonios contradictorios, el peso de la historia que oprime los hechos. Escribir no ficción es aceptar que la verdad rara vez es fácil, pero siempre es necesaria.

Escribo para quienes han visto cómo se juega injustamente y aún se niegan a aceptar la pérdida. Para quienes han visto cambiar las reglas en silencio, quienes han escuchado una promesa y otra entrega. Si solo una persona lee mi obra, que sea quien haya sentido ese peso: quien haya sido silenciado, engañado o ignorado. Porque la no ficción no se trata solo de historia; se trata de asegurar que el futuro no sea dictado por quienes manipulan el pasado.

Un claro ejemplo de esto es la crisis financiera de 2008, un evento fabricado a puerta cerrada. Las reglas se reescribieron en secreto antes del colapso, protegiendo a los que estaban en la cima mientras millones perdían sus hogares, sus ahorros, su futuro. El público recibió una versión esterilizada de los hechos, reducida a jerga y fallos técnicos, enmascarando la realidad: se tomaron decisiones deliberadas, y quienes pagaron el precio no tuvieron cabida en la mesa. Por eso la no ficción es importante. Sin ella, los responsables se ven obligados a moldear la narrativa a su favor, sin oposición ni responsabilidad.

Escribir no busca comodidad.

Escribir no busca tranquilidad.

Las palabras deben inquietar, deben exigir un ajuste de cuentas. La no ficción no es una colección ordenada de hechos verificados; es una confrontación, un libro de contabilidad inquebrantable de la realidad. No se doblega ante la conveniencia. No cede a la comodidad. Debe perdurar, incluso cuando la verdad manche todo lo que toca.

Algunos dirán que la verdad es subjetiva, que se doblega según quién la cuente.

El poder se basa en ese argumento, en la idea de que todo es perspectiva, que ninguna versión de la realidad tiene más peso que otra.

Esto es mentira.

La verdad no es frágil. No es cortés.

No pide permiso.

La verdad se abre paso a la luz, afilada, negándose a ser ignorada.

Una vez dicha, no se puede deshacer.

Stein lo dejó claro: el trabajo del escritor no es hacer las cosas digeribles. Es despojarnos de la ilusión, negarnos a seguirle el juego a quienes creen que pueden reescribir la realidad cuando nadie los ve. Por eso escribo no ficción: porque la justicia no es una conveniencia, y quienes distorsionan la realidad a su antojo nunca deben ampararse en el silencio.

S. Tominaga, alias CSW
17 de marzo de 2025
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