La mina y los hombres que la robaron
Llegaron con solo sus manos,
en carne viva, agrietadas, quemadas por el trabajo.
Hombres que conocían el peso de un pico,
que conocían el sonido del acero al morder la piedra,
que sabían que nada en este mundo es gratis.
Bloque a bloque, construyeron los túneles,
excavaron riquezas de la oscuridad,
ganaron lo que tomaron porque lo tomaron ellos mismos.
No con palabras.
No con papel.
Con las manos, con la espalda, con los pulmones llenos de polvo.
Y por un tiempo, fue suyo.
Las reglas eran simples.
Cavas, te pagan.
Rompes la roca, tomas lo que ganaste.
Nadie te regala nada.
Entonces llegaron.

No los excavadores.
No los hombres que conocían el peso del trabajo.
No los hombres que podían blandir un hacha sin romperse la muñeca.
No.
Estos eran los que hablaban. Los blandos, los que viven en la cima del mundo
pero de alguna manera siempre se las arreglan para robarles a los de abajo.
"Esta mina es injusta", dijeron.
"La riqueza no se comparte", suspiraron.
"Todos deberían tener lo mismo", susurraron.
Y los mineros, cubiertos de hollín,
con los pulmones manchados por la prueba de su trabajo,
miraron a los hombres de traje y rieron.
Porque reconocían a un estafador cuando lo veían.

Pero un buen estafador no roba,
al menos al principio.
Pide.
Sonríe.
Razona.

Y los mineros, demasiado cansados para luchar,
cometieron el peor error que un hombre puede cometer.
Escucharon.
Empezó poco a poco.
Una regla por aquí, un cambio por allá.
"Un hombre no debe tomar más de lo que le corresponde", dijeron.
"Debemos hacerlo justo", suspiraron.
"La mina debe ser de todos", mintieron. Y los mineros, demasiado ocupados picando roca,
los dejaron hablar.

Hablar se convirtió en ley.
La ley se convirtió en reglas.
Las reglas se convirtieron en cadenas.

Y de repente, los mineros no poseían nada.
¿Pero los hombres de traje?
Lo poseían todo.
Ahora, cada bloque se contaba.
Ahora, cada gota de sudor se medía.
Ahora, los hombres que no hacían nada ganaban más,
mientras que a los que se rompían los nudillos al golpear la piedra
se les decía que tenían suerte de tener algo.

Y cuando los mineros preguntaron por qué,
cuando finalmente vieron lo que se habían llevado,
les dijeron:

"Esto es igualdad".
"Esto es justicia".
"Así debería haber sido siempre".
Pero era mentira.
Porque los hombres de traje no cavaban.
No soportaban el peso.
No se ahogaban en polvo ni sentían cómo se les trituraban los huesos.

Ganaban sin ganar. Tomaron sin preguntar. Controlaron sin mover una sola piedra.
¿Y lo peor?
Seguían llamándola la misma mina.
Seguían llevando el nombre como si la hubieran construido.
Seguían hablando de justicia
mientras se enriquecían con el sudor de los muertos.

¿Y los excavadores?

¿Los que la hicieron realidad?
Sabían lo que había que hacer.
Caminaron.
Dejaron los túneles vacíos.
Dejaron la riqueza en manos de quienes
no tenían ni idea de cómo conservarla.

Los trajeados entraron en pánico.
"Volverán", dijeron.
"Siempre vuelven".

Pero no lo hicieron.
Encontraron nuevos terrenos.
Cavaron donde ningún comité pudo llegar.
Donde ninguna mano blanda pudo quitarles el sudor de la espalda.
Donde construyeron sus propias reglas y labraron su propia riqueza.

¿Y la vieja mina?
Allí estaba, en silencio.
Un monumento a la mentira de la igualdad,
a los cobardes que toman sin dar. Un lugar donde hombres trajeados se sentaban en túneles vacíos, esperando a trabajadores que nunca regresarían.
Porque algunos hombres cavan, otros roban.
Y cuando los que cavan se van, los ladrones no tienen nada que llevarse.

S. Tominaga, alias CSW
17 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1901539963545735542?t=VrGDlqt64bvaaHrAZ8pN2A&s=19

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