Os ofrecemos un extracto de Asesinos microscópicos (OBERON, 2021), el nuevo libro del veterinario Fernando Adam Fresno, especialista en patologías infecciosas. En él, entre otros muchos asuntos, analiza cómo el desconocimiento hacia la enfermedad de la rabia llevó a la población medieval a recurrir a la magia y los mitos para hacerle frente y a las matanzas sistemáticas de perros en fechas más recientes. En la Edad Media los problemas de salud se enmarcaban en una mezcla de conocimientos científicos y religiosos, incluyendo principios astrológicos y magia. La forma de tratar las enfermedades era mediante penitencias e invocación de santos y oraciones. Durante esta época, uno de los grandes protectores de la rabia era San Humberto. Basado en la protección que este santo ofrecía, se aplicaba un hierro caliente en los perros mordidos por animales rabiosos. Las peregrinaciones a San Humberto, en Bélgica, también eran muy habituales y, hasta el siglo IX, fueron muy extendidas entre los campesinos. En esta época también se cauterizaban las heridas y se aplicaban cataplasmas de extractos vegetales en los enfermos. Con los brotes de rabia durante la Edad Media, el mito del hombre lobo se acrecentó Frente a la incapacidad de cirujanos, galenos, boticarios y otros representantes de la medicina tradicional, aparecieron los curanderos y hechiceros, cuya actividad principal era la curación de la rabia. Estos atribuían sus poderes curativos a Santa Quiteria, virgen y mártir, que también fue venerada como protectora contra la rabia, pues se decía que infundía serenidad y dulzura a los que padecían esta enfermedad. En muchas regiones se tomó como costumbre lanzar a los perros rabiosos pan empapado con aceite de una lámpara que ardiese ante su imagen y llevar amuletos protectores contra las mordeduras de perros rabiosos entonando plegaras y rezos: «Santa Quiteria pasó por aquí, perro rabioso no me muerde a mí». La Iglesia tenía su propio ritual para curar la rabia, similar a un exorcismo, que consistía en llevar a la persona rabiosa ante el sacerdote que, equipado con una cruz y agua bendita, la conjuraba con gran devoción. El primer gran brote de rabia documentado en Europa ocurrió en el año 1271 en una villa francesa que fue atacada por una jauría de lobos rabiosos. Ante el terror y la histeria colectiva que provocaba la aparición de un animal rabioso en los ambientes rurales se comenzaron a desarrollar cuentos y leyendas en torno a la enfermedad. De hecho, en la Europa medieval el mito del hombre lobo vivió su máximo auge. Hoy sabemos que algunos de los síntomas asociados con la rabia, como la agresividad, el insomnio y la fotofobia junto con la forma de transmitirse por las mordeduras encajan con la creación de este folclore, siendo el resto aderezado con algo de imaginación. Grabado realizado por Lucas Cranach el Viejo en 1512 donde se muestra a un hombre lobo (Wikipedia) LAS GRANDES CIUDADES SE CONTAGIAN Durante el Renacimiento hubo muchos experimentos y avances en el conocimiento de la enfermedad. Con el mayor desarrollo de la medicina, surgieron nuevas propuestas en cuanto al tratamiento de la rabia, la mayoría de ellas incluían la limpieza en profundidad de la herida y la posterior cauterización con un hierro caliente o la aplicación de productos químicos como el mercurio. Dos procedimientos que en nuestros días tienen sentido, puesto que la limpieza de la herida y la aplicación de un producto para impedir la difusión del virus son efectivos. A partir del siglo XVI aumentaron los brotes epidémicos en las grandes ciudades Durante esta etapa, el médico renacentista italiano Girolamo Frascatoro (1478-1553), en su libro De contagione et contagiosis morbis, describió por primera vez todas las enfermedades que en ese momento podían calificarse como contagiosas, incluyendo la rabia, en una detallada descripción tanto de sus síntomas como de su forma de contagio. A partir del siglo XVI aumentaron los brotes epidémicos en las grandes ciudades…

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