Noticias eXplora: Enfield, la casa del terror Una noche de verano. Una noche como tantas en el municipio de Enfield (Londres) en agosto de 1977. Estamos en un barrio de casas adosadas, residencial, las luces de las viviendas comienzan a esconderse. 284 de Green Street, para más señas. Las familias bien avenidas disfrutan relajadas de sus programas de televisión favorito, algún joven se encierra en su habitación para escuchar Animals, el último disco de Pink Floyd, los matrimonios acuestan a sus hijos… Todo es normal, una noche cualquiera de agosto de 1977. Todo es rutinario… Excepto en una casa. La casa en la que vive Peggy Harper, una divorciada de alrededor de 40 años, junto a sus cuatro hijos. En su vivienda adosada está a punto de desatarse un mundo extraordinario. Rosa, 13 años, Janet, 11, Pete, 10 y Jimmy, 7. Así se llaman los cuatro hijos de Peggy. Las dos medianas, Janet y Pete, duermen en la misma habitación. En apariencia, plácidamente, vigiladas por el póster de los muy setenteros detectives Starsky y Hutch que cuelga en la pared. Hasta que de repente, en medio de la noche, comienzan a proferir terribles gritos. Peggy Harper junto a Janet, Rosa y Pete La madre sube corriendo a la habitación. Cuando entra, encuentra a sus dos hijas escondidas bajo las sábanas, asustadísimas Una pesadilla, piensa Peggy. Pero que la hubiesen sufrido las dos a la vez… Eso era realmente extraño. Las niñas le cuentan que, de repente, las camas habían empezado a agitarse brutalmente, movidas por una fuerza surgida de la nada. Peggy revisa la habitación y la casa. Allí no hay nadie que hubiera podido provocar tal turbación. Una pesadilla, eso es, una excepcional y violenta pesadilla que habían tenido las dos a la vez. La noche siguiente, unos brazos invisible, zarandearon una silla y la tiraron con fuerza contra las paredes del cuarto de las niñas El sueño volvió a vencerlas, y el miedo quedó apenas como una anécdota para Peggy. Sin embargo, cuando la anécdota se repite troca en un rompecabezas. Y eso ocurrió al día siguiente. Se acercaba de nuevo la noche. Janet y Pete se acuestan. Regresan al escenario del miedo. Al poco de entrar en la cama, Peggy vuelve a escuchar sus gritos. Cosas de niños, suponemos que pensaría. Pero amor de madre obliga, así que la señora Harper, como la noche anterior, sube a la habitación de las niñas que, de nuevo, estaban paralizadas, aterradas ante lo que acababan de padecer. En este caso, había sido una silla la que, según las pequeñas, se había zarandeado bruscamente por toda la habitación, como movida por unos brazos fuertes e invisibles que la lanzaban contra las paredes. Nadie había estado allí, la silla se movía sola. Si los objetos adquirían vida, mejor tenerlos controlados, debió de pensar Peggy, aún recelosa de la imaginación infantil. Así que, ni corta ni perezosa, se llevó la traviesa silla a su habitación. Sin embargo, la siguiente ocasión, esa misma noche, no iban a ser los lamentos de sus retoños los que la despertaran. Esta vez fue ella misma quien escuchó el estrépito de muebles moviéndose en el cuarto de Janet y Pete. Estaba visto que esa noche de agosto no iba a poder dormir. Alarmada, volvió a asomarse al cuarto de las niñas. Y esta vez sí que comprobó un suceso chocante, fuera de toda lógica. Un gran baúl se había desplazado alrededor de medio metro de la que ya empezaba a parecer la habitación del pánico No sin esfuerzo, Peggy, ahora ya angustiada, volvió a ubicar el arcón en su emplazamiento original. Tras comprobar que todo estaba en orden, la madre se dio la vuelta dispuesta a apagar la luz y abandonar la habitación. Pero antes de que pudiera poner la mano en el pomo de su puerta, algo comenzó a moverse a sus espaldas. ¡Era el baúl! Pudo observar con sus propios ojos que aquello no formaba parte de ningún relato inventado por sus pequeñas, nadie ejercía su fuerza para lograr el desplazamiento. El baúl se estaba moviendo solo. Parecía que la fuerza invisible quisiera devolver el arca al lugar desde el que lo había trasladado Peggy. "Todo…

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