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https://static3.abc.es/media/ciencia/2020/10/08/23SCI-OUTTHERE-LIGO-jumbo-k1DF--620x349@abc.jpg">Media</a>Hic sunt dracones, «aquí hay dragones», es una cita de origen medieval que solía aparecer en los mapas junto a reptiles coriáceos y otras criaturas mitológicas para señalar los límites de lo conocido y, por ende, de lo peligroso. Los satélites y la cartografía ya casi han acabado con los rincones ignotos del globo terráqueo, pero el misterio acecha en el firmamento, más allá de los mapas, en el corazón de unos monstruos más reales que mitológicos: los agujeros negros. «Como los unicornios y las gárgolas, los agujeros negros parecen estar más en los territorios de la ciencia ficción y la mitología antigua que en el universo real», como ha escrito Kip Thorne, experto en agujeros negros del Caltech y Nobel de Física en 2017 por la primera detección de ondas gravitacionales. Según J. Craig Wheeler, astrofísico de la Universidad de Texas: «Casi cualquiera comprende el simbolismo de los agujeros negros como fauces abiertas que todo lo tragan y nada dejan salir». El comecocos cósmico Se puede decir que los agujeros negros son un auténtico «comecocos» de la materia, de la energía y hasta del espacio. En su superficie hay un punto de no retorno, el conocido como horizonte de sucesos, a partir del cual nada puede escapar a la gravedad, nada, ni siquiera la luz, por lo que no es posible verlos directamente. Además, cualquiera que se acercase demasiado a ellos podría acabar «espaguetizado», o lo que es lo mismo, desgarrado por su inmensa gravedad hasta las partículas fundamentales. Por si esto fuera poco inquietante, un observador externo vería a la víctima congelada en el tiempo, en la superficie del agujero, mientres éste ya habría desaparecido: «En el espacio nadie puede oírte gritar; en un agujero negro, nadie puede verte desaparecer», dijo el astrofísico Stephen Hawking. Esquema de un agujero negro. Es imposible verlo, pero sí que se puede detectar el gas y la energía a su alrededor, y la influencia de su gravedad sobre el entorno - ABC/AFP En el interior del agujero negro, la curvatura del espacio-tiempo se hace infinita en un punto, la singularidad, de densidad también infinita. «Una singularidad es un lugar, o un momento, donde las ecuaciones de Einstein que gobiernan el espacio-tiempo se rompen, y la relatividad pierde su poder predictivo», ha explicado Frans Pretorius, catedrático de Física de la universidad de Princeton especializado en la relatividad. «Por eso, para entender las singularidades haría falta una nueva teoría, quizás una teoría cuántica de la gravedad como la teoría de cuerdas». De momento no la hay y los científicos están completamente a ciegas en cuanto a lo que puede estar ocurriendo en el «estómago» de estos monstruos. «Una singularidad es un lugar, o un momento, donde las ecuaciones de Einstein que gobiernan el espacio-tiempo se rompen, y la relatividad pierde su poder predictivo» A pesar de todo, los investigadores no se han amilanado ante estas «criaturas» voraces y misteriosas. Tras siglos de vicisitudes, teorías y demostraciones, los experimentos han permitido acercarse, más que nunca, a la guarida de los dragones, en busca de un hermoso tesoro de conocimiento. Precisamente, esta misma semana, Roger Penrose, Andrea Ghez y Reinhard Genzel recibían el premio Nobel de Física por sus investigaciones sobre agujeros negros. Sus trabajos han requerido enfrentarse a los misterios de las singularidades o medir la posición de una estrella con una gran precisión: comparable a la de distinguir una piedra de un centímetro en un estadio de fútbol construido en la Luna. La singularidad que Penrose hizo más natural Se puede decir que el Nobel de Física ha reconocido aspectos muy diferentes en el premio compartido por Penrose y la pareja Ghez y Genzel. En primer lugar, la Academia Sueca de Ciencias ha galardonado a Roger Penrose por «el descubrimiento de que la formación de agujeros negros es…