Noticias #eXplora <a href="
https://static3.abc.es/media/ciencia/2020/10/30/22-kH8C--620x349@abc.jpg">Media</a>Cuidar a las crías es, sin duda, una de las tareas más arduas y en el reino animal disponemos de multitud de madres ejemplares, abnegadas y extraordinarias dispuestas a sacrificar sus vidas por la de sus retoños. En el nutrido listado habría que incluir –además de a las Homo sapiens- a las osas polares y a las madres orangutanes, que crean uno de los vínculos más fuertes de la naturaleza. Sin embargo, también tenemos epítomes de madres despreocupadas e infames cuyo cuidado de crías y sentido materno tiene más tintes de tragedia griega que de comedia romántica. Hijos que no conocen a sus padres Uno de los primeros lugares, de un supuesto ranking de «malas madres», estaría reservado para la hembra del escarabajo enterrador o necróforo, un habitante habitual de los humedales y ciénagas de Norteamérica. Cuando la madre encuentra comida alimenta a sus crías que se mueven de un lado a otro demandando manutención. Ella lo hace al azar, cebando a sus voraces criaturas hasta que el alimento se acaba, en ese momento aflora su «yo» ignominioso. No tiene reparos en devorar a las crías que todavía no han recibido nada de comida y que estarían avocadas a una muerte segura. Menos sanguinarias son las hembras de los megápodos, un grupo de aves galliformes que viven en Nueva Guinea, Indonesia, Filipinas y este de Australia. Estos animales no llegan a incubar sus huevos directamente, lo que hacen es construir un enorme montículo de vegetación –algunos del tamaño de un coche- en descomposición, en donde depositan sus huevos. Estos ciclópeos montículos hacen el papel de incubadoras florales. Los progenitores controlan la temperatura de la loma añadiendo o quitando vegetación, cuando se produce la eclosión de los huevos excavan una senda para favorecer la salida de los pequeños, los cuales se pierden entre la vegetación sin llegar a conocer a sus progenitores. Crías que son adoptadas por otras especies Los osos panda son muy pequeños al nacer–miden unos quince centímetros y pesan apenas cien gramos- por lo que requieren una dedicación máxima por parte de la madre. La hembra se desvive en cuidados y desvelos durante los primeros nueve meses, hasta que llega el momento del destete. Hasta aquí todo bien. Sin embargo, en alguna ocasión el embarazo es gemelar, nacen dos crías a las que la madre no puede atender como se merecen y, por ello, se ve forzada a abandonar a la segunda a su suerte. Menos atenciones prestan aún las mariposas, que carecen de cualquier tipo de instinto maternal. Cuando la madre pone sus huevos suele hacerlo en una planta huésped que se encuentre próxima a un hormiguero, con la esperanza de que estos insectos «adopten» a las crías y se hagan cargo de su manutención. Algunas mariposas –como la hormiguera de los lunares- se ha especializado en la técnica del abandono hasta el punto de secretar una sustancia dulce que atrae a la hormiga roja al recordarle el olor que desprenden sus crías. Es precisamente esta «trampa olfativa» la que propicia que la hormiga arrastre al desconocido hasta su hormiguero y allí lo alimente hasta que se produzca la eclosión. Parasitismo de puesta Las lagartijas disponen de la conocida cloaca, una abertura en la que converge su sistema reproductivo, urinario y digestivo. Es posible, tal y como defienden algunos expertos, que sea este el motivo por el cual la especie Sceloporus occidentalis de Yosemite abandone a sus crías nada más nacer, al confundirlas con un excremento. Seguramente más de uno habrá echado de menos en este singular recorrido por el mundo animal a la hembra del cuco (Cuculus canorus), un ave que es conocida por su tendencia a delegar el cuidado y manutención de sus polluelos en desconocidos. Sabemos que la hembra levanta el vuelo, se dirige a un nido no vigilado de una especie más pequeña y, una vez allí, se come uno de los huevos ajenos dejando en su lugar el propio. La verdad es…