La siguiente es una historia triste que tiene lugar en un enclave mágico, recorrido, dicen, por energía telúrica. Hablamos del Monte Abantos, muy próximo al imponente monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Es aquí donde empieza la historia del niño Pedrín, llamado así con cariño por quienes aún lo tienen en su recuerdo. Una cruda mañana de febrero de 1893, Pedro Bravo y Bravo, el protagonista de esta historia, se dirigía hacia el monasterio de El Escorial, donde ejercía de monaguillo. A diario, realizaba allí diferentes labores de mantenimiento: limpiaba las estancias, hacía recados para los frailes del lugar. Pero aquel día fue distinto y quedó grabado a fuego en el recuerdo de los frailes y vecinos. Pedro Bravo, de tan solo 5 años, no regresó a casa. Preocupados, sus padres dieron parte a la Guardia Civil que, tras tomarles declaración, iniciaron las batidas de búsqueda. Pedro Bravo y Bravo desapareció sin dejar rastro en los bosques próximos a El Escorial (Foto: Sheila Gutiérrez y Miguel Ángel Linares) A pesar de los esfuerzos, no había rastro del niño. Días después de la desaparición, dos cazadores subieron al Monte Abantos en busca de alguna presa con la que llenar el estómago. Decidieron atajar por el bosque y, para su espanto, se encontraron con una escena atroz: el cadáver de un niño descuartizado. Horrorizados, avisaron a las autoridades, que pusieron fin así a la búsqueda del niño perdido en aquel bosque una semana antes. El Chato fue acusado de descuartizar al niño para llevarlo al bosque y usarlo como alimento para los lobos La noticia supuso un shock colectivo para la comunidad. Nadie podía creer lo que había sucedido. Con el fin de esclarecer los hechos, algunos vecinos del pueblo fueron interrogados, pero ciertas sospechas apuntaban a uno de ellos especialmente: El Chato. Era un hombre alto, delgado, con unas manos enormes, pero de mentalidad y comportamientos inmaduros. El Chato fue acusado de descuartizar al niño para llevarlo al bosque y usarlo como alimento para los lobos. Finalmente fue juzgado y declarado culpable del asesinato de Pedro Bravo y Bravo. Cumplió veintitrés años en prisión, donde una ceguera ya incipiente en el momento del asesinato se agudizó y donde la locura le pasó factura. Sólo repetía una y otra vez: "¡Fueron los frailes, los frailes...!". Con tantos cabos sin atar, pronto las dudas y los rumores comenzaron a circular por el pueblo: ¿Dónde se había cometido el asesinato en realidad? ¿Pudo ser capaz de cometer aquel crimen cuando apenas podía ver? ¿Lo hizo solo? ¿Fue asesinado el niño porque vio algo dentro del monasterio que no debía contar? Las incógnitas nunca se aclararon, y una gran nube de sospecha sobrevolaba sobre el monasterio: ¿Y si Pedrín vio algo inusual que no debía contar? ¿Y si eran ciertos los rumores de las fiestas y correrías de los frailes que daban rienda suelta a sus bajas pasiones entre los muros del monasterio? Para no olvidar la tragedia, el pueblo levantó en el lugar una cruz de granito a modo de homenaje. En ella, una inscripción que resume en pocas palabras lo que allí sucedió: "El 10 de febrero de 1893 fue hallado en este sitio el cadáver del desgraciado niño Pedrín Bravo y Bravo, víctima de brutal salvajismo". Foto: Sheila Gutiérrez y Miguel Ángel Linares Un monumento que sigue vivo, ya que una vez al año se hace una misa en recuerdo del niño Pedrín y al que algunas personas siguen llevando flores, monedas o juguetes. UNA VISITA AL LUGAR Para nosotros es un lugar muy especial. Su historia nos marcó, pero hemos de reconocer que nuestro interés inicial vino dado por todos los casos de apariciones que el lugar acumulaba. Conocíamos algunos testimonios de personas que habían visto a un niño cruzar la carretera o se habían encontrado con un ser extraño de dimensiones gigantescas. También quienes afirman haber experimentado cambios extremos e inexplicables de temperatura en la cruz. Relatos que describían como la piedra mostraba una temperatura más alta en la parte…

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