A eso de las diez y media de la mañana de un sábado, dos hombres motorizados recorren a gran velocidad Upper Street, la principal calle comercial de Islington, uno de los 33 municipios de Londres. Cubiertos por el casco, los guantes y la cazadora, más parecen dos personajes de videojuego que dos seres humanos. Serpentean entre el tráfico y adelantan autobuses de dos pisos a velocidad de kamikaze, para estupor de la gente. Hacen caballitos y veloces ochos en la calle abarrotada. Se diría que su propósito va más allá de la mera diversión con las motos.Al cabo de tres o cuatro minutos abandonan de repente Upper Street y entran en una avenida residencial tranquila y arbolada. Se suben a la acera y apagan las motos. Se apean de ellas y, sin sacarse el casco, charlan un buen rato. Solo ellos conocen el contenido de su conversación. Pero hay algo que seguramente ignoran: a menos de dos kilómetros de distancia, desde una sala sin ventanas, otros dos hombres los están vigilando. «Se mueven», le dice Sal a Eric.
Con una separación de unos tres metros entre uno y otro, están sentados ante el largo panel de mandos de la sala de control del circuito cerrado de televisión (CCTV) de Islington, una habitación con paredes y moqueta grises y sin ninguna decoración. Sal es de mediana edad; Eric es mucho más joven. Ambos visten ropa informal de oficina.
No hay charla banal entre ellos. Cuando los dos motoristas reanudan la marcha, Sal teclea algo en el ordenador y aparece en la pantalla la imagen de la cámara 10. Y ahí está de nuevo la pareja, recorriendo Upper Street como una flecha. Cuando desaparecen del campo visual de Sal, Eric los localiza en la cámara 163. Con un joystick hace zoom sobre la moto que va a la zaga hasta que se lee perfectamente la placa de matrícula.Sal llama por radio a la comisaría de policía. «Tenemos dos motocicletas sospechosas haciendo caballitos en Upper Street».Sal y Eric están frente a un inmenso panel con 16 pantallas que proyectan en tiempo real las imágenes captadas por las 180 cámaras del CCTV de Islington. Lo que en ellas se ve revela que esta mañana de sábado es relativamente tranquila.Esta misma semana un joven murió apuñalado en un piso de la zona, y un hombre acabó con su vida tirándose desde el paso elevado de Archway Road, conocido por el funesto nombre de «el puente de los suicidas». Este mismo sábado, dentro de un rato, las cámaras pasarán horas barriendo los 35.000 asistentes al festival de Finsbury Park en busca de carteristas, borrachos pendencieros y maleantes de poca monta.Sospechosos a la vistaPero por el momento lo único que llama la atención son los dos motoristas. Y aunque Sal y Eric –que llevan en este trabajo 15 y cuatro años, respectivamente– siguen la pista a sus presas de cámara en cámara con rutinaria eficiencia, puedo sentir que se les acelera el pulso. Porque lo que tenemos aquí, según creen, son dos integrantes de las bandas que llevan más de un año haciendo estragos en Islington: arrebatan los móviles de los viandantes y luego los venden en el mercado negro. Es algo que ocurre unas 50 veces por semana en este municipio de casi 233.000 habitantes. Y, sin embargo, para el lego en la materia, la posibilidad de pillar a los motoristas con las manos en la masa puede parecer una minucia. Lo que a mí me fascina es el espectáculo de dos individuos que aparentemente no tienen la menor idea de que los vigilan vayan por donde vayan. A lo mejor son delincuentes. O sociópatas.
Nuestra vigilancia no dirime estas cuestiones. Lo único que sabemos con seguridad es que los estamos viendo y ellos a nosotros no. Como un ciervo en el visor de una escopeta de cazador, los motoristas no dan muestras de su vulnerabilidad. En este sentido están absolutamente vendidos.Esa misma noche, a unos pocos kilómetros de aquí, tomo asiento dentro de una unidad móvil estacionada en el sudoeste de Londres, un poco más abajo del metro de Vauxhall. A mi lado tengo a un joven afable al que llaman…