La lectura de los mitos sumerios y acadios, recogidos en centenares de tablillas de arcilla, nos informa sobre la forma en la que los distintos pueblos asentados en la región de Mesopotamia interpretaron el origen del universo, la creación del hombre y, por supuesto, el destino que le esperaba al ser humano cuando atravesase el umbral que debería llevarle hasta la otra vida. Cuentan los mitos sumerios que antes de la existencia del cielo y la tierra, el mundo se encontraba en un estado embrionario, latente, al igual que la vida. Fue entonces cuando la diosa Maunmu pudo engendrar a los dioses: An, el dios del cielo, y Ki, diosa de la tierra. De su unión nacieron el resto de los dioses del panteón sumerio, entre ellos Enlil, que logró dar forma al firmamento y Enki, el señor de la tierra. En la antigua Mesopotamia, la vida después de la muerte se entendía para el común de los mortales como un viaje hacia un lugar lúgubre, tenebroso y vil Los sumerios pensaban que en un principio no existían el mal, el dolor, la enfermedad o la muerte. Todo permanecía en un estado de perfección y felicidad, pero el drama se produjo cuando, en el paraíso, Enki decidió comer ciertas plantas antes de haberle asignado su función. En cuanto a los hombres, existen distintos mitos que hacen referencia a su creación. Uno de ellos admite que el primer ser humano brotó de la tierra, mientras que otros afirman que fueron unos obreros divinos los que lo moldearon con arcilla, a imagen y semejanza de los dioses. En lo que todos los mitos coinciden es en la convicción de que el hombre fue creado para servir a los propios dioses y, en cierto modo, en la creencia de que compartían la misma naturaleza divina. El ser humano no era esclavo de ellos; su función era reemplazarlos en el trabajo de la tierra y, por supuesto, garantizar su sustento. Así se sacralizaba la agricultura que, junto con la construcción de los templos, era la principal actividad a la que se debían dedicar los hombres para garantizar el orden y el equilibrio en un mundo que estaba permanentemente amenazado. ALMAS EN PENA Según el pensamiento sumerio, el universo se regeneraba constantemente, pues el orden cósmico estaba turbado por la presencia de seres monstruosos, como la gran serpiente, pero también por las muchas faltas cometidas por los hombres; unas faltas que solo podían purgarse mediante complejos rituales religiosos llevados a cabo por la casta sacerdotal en el interior de unos templos cada vez más colosales. A pesar de todo, el trabajo de los sacerdotes no siempre era efectivo para aplacar la ira de los dioses, por lo que, en algunas ocasiones, estos tomaron la decisión de acabar con el mundo de los hombres mediante una serie de catástrofes que, con el paso del tiempo, habrían quedado grabadas en nuestra memoria colectiva. Es el caso del diluvio universal, mito que se extiende de forma prodigiosa por todos los pueblos de la tierra, incluso cuando entre ellos no tenemos constatada la existencia de relaciones previas. Y Mesopotamia no es una excepción. Según las creencias sumerias y acadias, tras la muerte, las almas estaban condenadas a vagar en un mundo sombrío y triste, aunque no todos sufrían este triste destino En la antigua Mesopotamia, la vida después de la muerte se entendía para el común de los mortales como un viaje hacia un lugar lúgubre, tenebroso y vil, donde el espíritu del fallecido se vería obligado a realizar un peligroso recorrido a través de un río subterráneo. Posteriormente, debería franquear siete altas murallas para finalmente alcanzar un infierno llamado Irkalla. Este inframundo era considerado realmente nefasto, ya que era el lugar a donde iban a parar todos los malos hábitos de los que habitaron en el mundo de los vivos: sus vicios, sus impurezas y sus rencores. Allí no existía la luz ni la esperanza y las almas se veían obligadas a afrontar una vida eterna sumida en la tristeza y el pesar. Estas ideas tan pesimistas sobre el mundo de la muerte explican el interés…

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