Noticias #eXplora <a href="https://static4.abc.es/media/ciencia/2020/10/08/imagen2-kh7B--620x349@abc.jpg">Media</a>Esta misma semana, sir Roger Penrose, Andrea Ghez y Reinhard Genzel recibían el premio Nobel de Física por sus investigaciones sobre agujeros negros. Sus trabajos han requerido enfrentarse a los misterios de las singularidades o medir la posición de una estrella cerca del centro de la Vía Láctea con una gran precisión. Pero sus logros no son una éxito individual, sino la culminación de un trabajo colectivo que se extiende varias décadas, o siglos. O, tal como escribió sir Isaac Newton: «Si he visto más allá es porque descansaba sobre hombros de gigantes». El concepto de agujero negro tiene al menos 200 años. Sus raíces están en las leyes de la gravedad de sir Isaac Newton (publicadas en 1687), que cien años más tarde llevaron al astrónomo John Mitchell a imaginar una estrella tan grande y pesada que fuera capaz de que «la luz volviera hacia ella como resultado de su propia fuerza de gravedad». En 1796, el matemático francés Pierre-Simon de Laplace llegó a una conclusión similar en plena revolución francesa. Sin embargo, estas estrellas oscuras quedaron en el olvido hasta que llegaron teorías más avanzadas para la luz, la gravedad y la materia, de la mano de Albert Enstein y su teoría de la relatividad. El primer paso: el radio de Schwarzschild Apenas unos meses después de que Einstein presentara su Relatividad General y de que demostrara que la gravedad afecta al movimiento de la luz, en 1916 el teniente de artillería y astrónomo Karl Schwarzschild resolvió las ecuaciones de Einstein para un punto en el vacío, allanando el camino para el concepto actual de agujero negro: «Schwarzschild desde luego, encontró la primera solución de las ecuaciones de Einstein que representa el agujero negro más sencillo», ha explicado José Luis Fernández Barbón profesor de física teórica de la Universidad Autónoma de Madrid y experto en estos objetos. Los cálculos del alemán mostraron que algunos de los parámetros de las ecuaciones de Einstein se hacían infinitos a partir de cierta distancia al corazón del agujero (el radio de Schwarzschild). Comenzaba a nacer así la singularidad, un punto donde la relatividad no funciona y algunas magnitudes adquieren valores infinitos. Esta idea no resultó muy atractiva para muchos científicos, empezando por el propio padre de la relatividad. «Curiosamente, Einstein siempre fue muy escéptico acerca de los agujeros negros», ha explicado Fernández Barbón. «Pensaba que las leyes de la física conspirarían para que los agujeros negros nunca se pudieran formar en el mundo real. Esta actitud persistió en él incluso cuando ya había evidencia muy sólida de que no era así. Tal vez era porque la singularidad dentro del agujero negro es el sitio donde las ecuaciones de Einstein fallan». «Curiosamente, Einstein siempre fue muy escéptico acerca de los agujeros negros. Pensaba que las leyes de la física conspirarían para que los agujeros negros nunca se pudieran formar en el mundo real» En 1931, y enfrentándose a feroces críticas de prestigiosos astrónomos, el indio Subrahmanyan Chandrasekhar estimó un límite de masa a partir del cual la presión de degeneración de electrones no bastaría para frenar el colapso impulsado por la gravedad (esto se conoce como límite de Chandrasekhar). Tiempo detenido En 1939, Robert Oppenheimer, uno de los padres de la bomba atómica, entre otros, predijo que una estrella de neutrones podría colapsar por las razones presentadas Chandrasekhar. Más adelante, interpretó la singularidad, a partir del radio de Schwarzschild, como una burbuja donde el tiempo se detenía, para observadores externos, pero no para los observadores que cayeran en las fauces del agujero. Durante un tiempo, los agujeros negros volvieron a caer en el olvido y se convirtieron en curiosidades matemáticas. Al mismo tiempo, la relatividad pasó a considerarse como una teoría muy hermosa pero no demasiado útil. Sin embargo…

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