Noticias eXplora: Nuevas reacciones nucleares en Chernobyl 35 años después El 26 de abril de 1986, el reactor de la central nuclear Vládimir Ilich Lenin, a 18 kilómetros de la ciudad de Chernobyl (Ucrania), explotó. Fue de madrugada, durante una prueba de seguridad que simulaba un corte de energía eléctrica para que se desencadenase un proceso de seguridad en el que el agua se encargaría de enfriar el reactor hasta que los generadores eléctricos produjeran suficiente energía. Sin embargo, una demora de 10 horas y una acusada falta de potencia fueron algunos de los desencadenantes que condujeron a un accidente fatal: el sobrecalentamiento del núcleo del reactor. A día de hoy, este desastre nuclear sigue dando bastante que hablar. Se ha descubierto, a partir de los sensores que están monitoreando el reactor, que la cantidad de neutrones está aumentando. Las reacciones de fisión están volviendo a activarse, ardiendo en las masas de combustible de uranio que fueron enterradas. Esto, en palabras de Neil Hyatt, químico de materiales nucleares de la Universidad de Sheffield, "es como si hubiera brasas en una barbacoa". Hay muchas incertidumbres, pero no podemos descartar la posibilidad de un accidente Las alarmas, inevitablemente, se han activado. Los investigadores ucranianos intentan entender si este suceso supondrá tener que intervenir de manera extraordinaria en el lugar del accidente o si, por el contrario, este tipo de reacciones acabarán desapareciendo sin necesidad de actuar. Como especifica Maxim Saveliev, del Instituto de Problemas de Seguridad de las Plantas Nucleares en Kiev (ISPNPP): "Hay muchas incertidumbres, pero no podemos descartar la posibilidad de un accidente". Al menos, debido a la lentitud a la que los neutrones están aumentando, los investigadores cuentan todavía con varios años por delante para poder hacer frente al problema. Durante el accidente en la Unidad Cuatro, las varillas de combustible de uranio, su revestimiento con circonio, junto con las varillas de control compuestas de grafito y la arena que fue arrojada en el núcleo para acabar con el fuego, acabaron fundiéndose en una lava. Ésta acabó fluyendo hacia el sótano de la sala del reactor y, allí, se endureció conformándose los conocidos como materiales que contienen combustible (FCM), que constan de 170 toneladas de uranio irradiado, lo que supone el 95% de combustible original. Jardín de infancia abandonado en la zona de exclusión El sarcófago de hormigón que se construyó alrededor del sector un año después de que se produjera el accidente, el Refugio, ha ido dejando pasar el agua durante todo este tiempo. Esto ha provocado una ralentización de los neutrones y ha aumentado la posibilidad de que colisionen con el uranio. Precisamente, durante periodos de fuertes lluvias, el contador de neutrones se disparaba, pero posteriormente volvía a la normalidad. Tras uno de estos fuertes chaparrones, en junio de 1990, un "acechador", un científico que se atreve a exponerse a la radiación de Chernobyl para poder llegar a la sala del reactor, roció nitrato de gadolinio, para que este absorbiera los neutrones y evitara que esta FCM entrara completamente en crisis. Posteriormente se siguió su ejemplo y se colocaron rociadores de nitrato de gadolinio en el techo del Refugio. Sin embargo, este rociador no alcanzó de manera eficaz todas las habitaciones del sótano. Si se derribasen las partes más inestables del refugio, el polvo radiactivo podría disiparse El Nuevo Confinamiento Seguro, la estructura que se encargó de sellar el refugio en noviembre de 2016, era la gran esperanza de los responsables de Chernobyl, ya que llegaron a asegurar que esta acabaría con cualquier riesgo existente. Al menos, tras la colocación de esta estructura de 1500 millones de euros, con la que se pretendía desmantelar el Refugio posteriormente, el agua no podía entrar y el número de neutrones se mantuvo estable o incluso disminuyó. Pero progresivamente, estos empezaron a aumentar en ciertos puntos y el secado de combustible desencadenó…