En el siglo XIX se llevaron a cabo hallazgos paleontológicos que supusieron una verdadera revolución en este campo del conocimiento. Todos conocemos el descubrimiento de los restos del hombre de Neandertal aparecidos en el Valle de Neander, en Renania del Norte-Westfalia (Alemania). Los encontró Johann Karl Fuhlrott en 1856 y, como decimos, cambiaron para siempre la imagen de nuestro pasado más remoto. Aún así, durante mucho tiempo se consideró a los neandertales criaturas feroces, brutas y torpes. Sin embargo, hoy en día sabemos que eran seres sensibles, nada ajenos al arte y con creencias de ultratumba. HALLAZGOS PARA LA HISTORIA África es reconocida por todos como la cuna de la humanidad. Desde el descubrimiento de la célebre «Lucy» (un ejemplar de Australophitecus afarensis), pasando por diversas especies homínidas como el Homo habilis o el Homo ergaster. Sin embargo, Asia, el continente más extenso y poblado del planeta, parece haber sido una pieza secundaria en el puzle de la evolución humana. Desde el punto de vista académico se ha considerado que el poblamiento humano en Asia provino de las sabanas africanas. Por tanto, la distribución de los homínidos por el mundo habría sido lineal, partiendo de África y ramificándose en diversos vectores por Oriente Medio, Europa y Asia. Sin embargo, a finales del siglo XIX, las selvas de Asia alumbraron restos de homínidos que sacudieron las teorías de la evolución humana aceptadas hasta el momento. El primero en romper los esquemas vigentes fue el biólogo evolucionista E. Haeckel (1834-1919), quien aseguraba que el origen del ser humano se encontraba en las selvas de Asia y no en África. Pero el hallazgo más sorprendente se lo debemos al médico holandés Eugène Dubois (1858-1941). Destinado en la isla de Java (Indonesia), en 1891 Dubois encontró un fémur y una bóveda craneal en la región de Sangiran. Los restos se dataron en unos 1,6 millones de años de antigüedad y la nueva especie fue bautizada como Pithecanthropus Erectus (Homo erectus). El nuevo homínido presentaba una capacidad craneal de entre 800-950 centímetros cúbicos, con un toro supraorbital recto y muy desarrollado (visera), con un refuerzo óseo transversal situado en el extremo posterior del cráneo (toro occipital). Cráneos de Homo erectus en el Museo Nacional de Georgia. El homínido debía presentar un aspecto físico con la frente baja y un cráneo con gruesas paredes. El mismo Dubois lo clasificó de la siguiente manera: «Las articulaciones de este hueso (fémur) prueban que el ser vivo que lo poseyó andaba erguido sobre sus piernas y que sus brazos eran libres, pudiendo manejar armas y útiles». Así pues, se dedujo, por el estudio de los huesos, que la criatura no era un simio o un mono. En realidad, el Homo erectus era un tipo intermedio entre el ser humano y los antropoides (monos superiores). ¿Podemos afirmar, entonces, que se trataba del famoso eslabón perdido? CAPTURAN UN MOI Sin embargo, la arriesgada y heterodoxa pregunta que muchos nos hacemos es si en la actualidad sería posible encontrar algún ejemplar vivo de este u otro homínido primitivo, o bien algunos de sus descendientes. La respuesta a esta cuestión probablemente se encuentre cruzando el Atlántico, en EE UU, concretamente en las páginas de uno de los periódicos con mayor tirada a finales del siglo XIX. En esa época, el imperialismo estaba en pleno auge. Los imperios coloniales sometían pueblos y dominaban tierras de Asia, África y el Pacífico. De las lejanas colonias llegaban fabulosas noticias sobre civilizaciones perdidas, tribus salvajes y animales fantásticos. El diario New York Journal, en su edición del 6 de diciembre de 1896, publicaba en páginas interiores un hallazgo sensacional. Los titulares enmudecieron al lector más incrédulo: «El eslabón perdido encontrado vivo en Annam. Una raza de hombres con cola parece probar la teoría de la evolución». Se anunciaba nada menos que el descubrimiento de la criatura intermedia entre el simio y el humano. Los…

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