Noticias eXplora: Cerebros místicos: claves de los estados alterados de conciencia Mientras miraba por la ventana del Apolo 14 en el viaje de regreso a la Tierra, el fallecido astronauta Edgar Mitchell –la sexta persona en pisar la Luna– experimentó una unión mística. Empezó con un abrumador sentimiento de conexión, como si todos los planetas y todas las personas de todos los tiempos estuviesen unidos por una especie de red invisible. Tuvo la sensación de formar parte de un enorme campo de fuerza que conectaba a todas las personas, así como sus intenciones y pensamientos, y toda forma de materia animada e inanimada: cualquier cosa que hiciera o pensara influiría en el resto del cosmos, y todo aquello que ocurriese en el cosmos tendría un efecto similar sobre él. Tuvo la sensación visceral de estar extendiéndose físicamente hacia los confines del universo. Según Abraham Maslow –fundador y principal exponentes de la psicología humanista–, cuando uno entra plenamente en la experiencia cumbre, con cada poro de su ser, deja atrás su propia esencia corpórea. Edgar Mitchell se había trasladado a un espacio que estaba más allá de la noción del aquí y ahora. Abraham Maslow es considerado el padre de la psicología humanista y un experto en las experiencias cumbre Maslow también detalla otro fenómeno: una sensación de conocimiento interior, «una percepción directa de la naturaleza de la realidad que se valida a sí misma», en palabras de William James. Es como si la persona que tuviese esta experiencia accediese a alguna clave del universo secreta y extraordinaria. A raíz de este atisbo, se hace consciente de la perfección del universo y adquiere una certidumbre permanente en cuanto al futuro. El psiquiatra Richard Maurice Bucke describió su propia experiencia mística como la sensación de que «el universo está construido tan intencionalmente y está tan ordenado que (…) todas las cosas trabajan juntas por el bien de todas y cada una de ellas; el principio fundamental del mundo es lo que llamamos amor y a la larga es absolutamente seguro que todos alcanzaremos la felicidad». A menudo hay un sentimiento de Dios, pero más como el «Absoluto» que como el dios antropomorfo de algunas religiones organizadas, y un sentimiento subjetivo de inmortalidad o eternidad. «MI ALMA SE ABRIÓ AL INFINITO» En las variedades de la experiencia religiosa, William James describió la experiencia de un clérigo cuyo episodio místico pareció un encuentro cara a cara con Dios: «Mi alma se abrió, por así decirlo, al Infinito, y dos mundos se apresuraron juntos, el interior y el exterior. (…) La percepción ordinaria de las cosas que había a mi alrededor se desvaneció. Por el momento no quedó más que una alegría y una exaltación inefables. Es imposible describir totalmente la experiencia. Era como el efecto de una gran orquesta cuando todas las notas separadas se han fundido en una ola de armonía que deja al oyente sin conciencia de nada, salvo de que su alma se ha visto empujada hacia arriba y casi llega a estallar con su propia emoción». El astronauta Edgar Mitchell –la sexta persona en pisar la Luna– experimentó una epifanía cegadora al regresar de la Luna Edgar Mitchell experimentó ese momento como una epifanía cegadora, como una sensación de que no había accidentes ni oportunidades de perturbar esa perfección. La inteligencia natural del universo, que contaba con miles de millones de años de funcionamiento y había forjado las mismísimas moléculas constitutivas de su ser, era también la responsable del viaje por el espacio exterior en el que estaba embarcado. Todo era perfecto y él tenía su lugar dentro de esa perfección. MONJES TIBETANOS EN EL LABORATORIO El fallecido Eugene d'Aquili, de la Universidad de Pensilvania, y su colega Andrew Newberg, miembro del Programa de Medicina Nuclear del hospital universitario del mismo centro educativo, han dedicado sus carreras a examinar la neurobiología del instante santo. Escribe Newberg: «Sabemos que de las prácticas contemplativas suaves, como la meditación mindfulness…

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