Noticias eXplora: ¿Funcionan los amuletos? Sí, ya sé lo que van a decir. Que este tema de los amuletos y talismanes ya está muy manido, que ha sido tocado, tratado (y a veces maltratado) en diferentes ocasiones. Lo mismo podríamos decir de los rituales y las supersticiones, pero ya sabrán que los temas, como tales, nunca son originales, sino que lo es la forma de enfocarlos. Y si queremos adentrarnos en nuestras raíces más profundas, nuestros miedos más atá­vicos, nuestras costumbres y tradiciones más genuinas, no nos puede faltar una buena ración de eso que la RAE define como «objeto pe­queño que se lleva encima, al que se atribuye la virtud de alejar el mal o propiciar el bien». O sea, un amuleto. Una cosa es estar en el mundo y otra diferente es ver el mundo y sentir su mundo Nuestros antepasados, inscritos en las diversas culturas de tradi­ción, sabían que aquello que se puede ver, tocar y explicar es de orden muy diferente a aquello que no se puede ver, tocar ni explicar. Parece de Perogrullo. No lo es tanto porque intuían (e incluso sabían) la exis­tencia de mundos y de seres que los poblaban en sus diferentes planos de vibración, seres que regían diversos aspectos y manifestaciones de la naturaleza. Sabían que, de cuando en cuando, ciertos humanos tenían encuentros esporádicos con esas criaturas tan fronterizas, escurridizas, paradójicas, míticas y cambiantes. Sabían que una cosa es estar en el mundo y otra diferente es ver el mundo y sentir su mundo. Una forma de acercarse y congraciarse con lo sagrado (tanto si es un lugar como un objeto) era y sigue siendo a través de rituales orde­nados y dirigidos por chamanes, brujos, magos, hierofantes o tauma­turgos. Y aquí entran en juego los amuletos, a los que se atribuye un poder mágico capaz de dar salud o suerte o de beneficiar a la persona que lo lleva encima. Plinio el Viejo es el primero que emplea la palabra amuleto (que deriva del latín amuletum) y nos describe los más utiliza­dos por los romanos, muy supersticiosos ellos en lo concerniente al mundo de ultratumba. Además del hierro y la piedra, el ámbar y el coral eran útiles para preservar de enfermedades y pesadillas, sobre todo a los niños. Plinio el Viejo es el primero que emplea la palabra amuleto y nos describe los más utiliza­dos por los romanos Lo primero que hay que saber diferenciar es que un talismán no es un amuleto. Generalmente se piensa que son la misma cosa, es decir, un objeto que posee unas propiedades mágicas para atraer la suerte o re­peler malas energías y protegernos del mal. La realidad es que existen diferencias importantes entre ellos. El amuleto es de procedencia natu­ral: una piedra, un diente, un trozo de madera, una flor, una herradura, una prenda de ropa, una ristra de ajos o una pata de un animal al que atribuimos (o atribuyen ciertos magos o brujos) unas propiedades energéticas o mágicas concretas establecidas por la naturaleza. Con ello lo que se busca es atraer la suerte. En cambio, el talismán es un elemento que sirve esencialmente para alejar las malas energías (antes se decía que era para ahuyentar a los demonios). Puede estar formado por símbolos y elementos natura­les combinados. Además, necesita una carga energética adecuada por parte de quien lo elabora o fabrica (un ritual a base de oraciones y confluencias astrológicas) si se desea que cumpla con el cometido para el cual fue realizado. La medalla de San Benito sería un talismán al igual que algunos colgantes o anillos. El omamori, de origen japonés, o el escapulario católico serían talismanes contra el mal. Suelen estar hechos de tela y en su interior se meten papeles con frases o piezas de madera con deseos escritos y santificados. Medalla de San Benito: su anverso presenta una imagen de Benito de Nursia y el reverso tiene, entre otras cosas, las iniciales de la frase Vade retro satana. La medalla de San Benito debe ser exorcizada y bendecida por un sacerdote católico Para que «funcione» un amuleto o un talismán hace falta algo muy importante: creer. Recuerden que creer…

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