Noticias eXplora: Entrevistamos al guardián del Arca de la Alianza (I) La luz del Sol se filtraba entre las ramas de los árboles, luchando por abrirse camino a través de la densa niebla de polvo que levantaban los muchachos que correteaban alrededor de la iglesia. No hacía calor, pero como no existía sombra que lo cobijara a uno, se notaba que el sol de Etiopía era uno de esos africanos que pica especialmente. Los sacerdotes a los que me dirigí señalaron con el brazo y me pidieron que esperara paciente junto a una reja, una puerta metálica pintada con los colores de la bandera de Etiopía, ya carcomidos por el mencionado astro picajoso. Al otro lado de la verja se alzaba una pequeña construcción, un chamizo fabricado con carambuco de hormigón prefabricado, una lona blanca por tejado y chillonas rejas azul celeste en las ventanas. Ni la épica ni el glamour asomaban por ningún lado. Y, sin embargo, ese edificio era el corazón de mi viaje a África. Había alcanzado la meta: el relicario donde se guardaba y se custodiaba la reliquia más importante de la religión judía y uno de los artefactos más anhelados por la historia de la arqueología: el Arca de la Alianza. Era el Guardián del Arca, la única persona autorizada a tener contacto directo con la reliquia ESTÁ EN EL SÓTANO Se escuchó el chirrido de una puerta y de detrás de una cortinilla apareció un hombre enjuto, delgado, arrugado y mortecino; la piel, plegada por doquier cada pocos milímetros, aparentaba haber sido curtida en alguna marroquinería, y su cuero cabelludo apenas llegaba ya a producir una dura pelusilla que asomaba por debajo de un bonete negro. Vestía un hábito blanco, inmaculado, y se cubría hombros y brazos con una netela (trozo de tela para abrigo) de color rosa chicle. Sus ojos eran grises, opacos y ya velados por una edad indescifrable. Enseguida reconocí a Gebra Mikail después de haber visto su foto en una publicación de Graham Hancock. Era el Guardián del Arca, la única persona autorizada a tener contacto directo con la reliquia. Y caminaba hacia mí. Obviamente, él no pudo reconocerme. Supuse que pensaría que se trataba de otro turista más que venía siguiendo los pasos de Símbolo y señal, de Hancock, libro que hizo famosa, allá a principios de los noventa, la teoría de que el Arca que buscó Indiana Jones se encontraba en Etiopía desde hacía siglos. Pero me equivoqué: ya le habían hablado de mí, y me habían presentado como lo que soy, un historiador, un arqueólogo y un viajero ávido de curiosidad. Todo lo cual debió despertar la misma en aquel hombre. Parte trasera de la iglesia de Santa María de Sión, donde el autor pudo entrevistar al actual guardián del Arca de la Alianza. Casi con reverencia, me saludó en su incomprensible lengua tigriña, susurrada entre dientes, y me preguntó (según mi fiel acompañante y traductor) qué me inquietaba conocer sobre él. En ese momento se me agolparon cientos de preguntas en la cabeza y maldije mi estupidez por no estar preparado de antemano para una situación así. Tanto tiempo preparando el viaje, y esta parte, que era la crucial, nunca la había ni tan siquiera imaginado. Se ve que no tuve nunca ninguna confianza en poder conseguirlo. Podría haber preguntado sobre mil detalles acerca el Arca, pero en el temor a que aquel venerable sacerdote se molestara por mi impertinencia, no acerté más que a decirle: «¿Sería tan amable usted de bendecirme?». Algo muy común cuando uno se cruza o saluda a un sacerdote ortodoxo etíope, así que no le sorprendió. Aquel gestó fue el que me brindó su plena confianza. Porque tras rezar conmigo, y golpear mi testuz, frente y labios con su cruz de mano, de madera carcomida, a través de los barrotes, comenzó a interrogarme él a mí. –¿Eres un peregrino? –Bueno. No exactamente… Solo tengo un interés personal en alcanzar cierto conocimiento a través de mis viajes. –Encontrar iluminación –dijo él sonriendo. –Podría decirse, sí. Iluminación a través del conocimiento. –¿Eres cristiano? –Estoy bautizado como católico, sí. –Católicos y ortodoxos somos hermanos.…

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