Día 16. Y se hizo el silencio

Desearíamos poder alargar esta aventura, aunque fuera tan solo unos días más, pero llegó el inevitable momento del regreso. Esta es la última parada de nuestro viaje antes de volver a cruzar el mar de Hoces. Nos encontramos de nuevo en las Islas Shetland del Sur, en una bahía situada también <strong>al sur de llamada isla Livingstone</strong>: hoy un lugar tranquilo de aguas calmas y desde el cual podemos contemplar <strong>una extensa línea de costa semicircular cubierta por glaciares</strong>.<a href="https://www.nationalgeographic.com.es/medio/2022/03/15/mapa-de-situacion-de-la-expedicion-a-la-antartida_ece729ce_800x526.jpg">Mapa de situación de la expedición a la Antártida.</a>Parece que se trate del perfil de una enorme luna blanca; azul cuando el hielo así se muestra en sus márgenes resquebrajados y esculpidos por grietas, y la cual contemplamos desde su cara oculta: <strong>un mar negro, profundo e igual de inexplorado que esta</strong>. Flotando en sus orillas se pueden observar algunos bloques de hielo ya desprendidos de las enormes lenguas glaciares, alejándose para siempre a la deriva ahora en forma de icebergs a merced de las corrientes.El paisaje resulta, como siempre, mágico, pero <strong>con el aliciente añadido del silencio que se respira</strong> ahora que, por primera vez, los motores descansan durante unas horas antes de nuestra partida. Tanto las personas con las que habíamos hablado antes de embarcarnos, como los miembros de la expedición con otras travesías antárticas a sus espaldas, coincidían en que uno de los aspectos más sobrecogedores del continente helado era <strong>la experiencia del silencio que aquí reina</strong>.Y es que, <strong>en silencio, la Antártida adquiere una nueva dimensión</strong>: todo parece aún más grande ahora, si cabe más lejano, mientras nosotros solo podemos sentirnos más pequeños y vulnerables de lo que lo hemos hecho hasta ahora.<a href="https://www.nationalgeographic.com.es/medio/2022/03/15/32a3204_073761e4_800x533.jpg">Media</a><a href="https://www.nationalgeographic.com.es/medio/2022/03/15/32a3256_838e5311_800x533.jpg">Media</a>Porque todo en estas tierras y mares clama que esta es <strong>una latitud prohibida para los seres humanos</strong>. Nos lo cuenta el silbido amenazante del viento en la lejanía, ahora que las máquinas callan; el dolor frío que provoca el aire al colarse entre los dedos desnudos, o el vaho de nuestro aliento disipándose en cubierta, tan efímero como el tiempo que sobreviviría un hombre a la intemperie en un lugar como este. Lo gritan los crujidos de los inmensos glaciares resquebrajándose en algún punto no identificable del mapa; <strong>quejidos de un mundo que se derrite inexorablemente</strong>, o las olas golpeando el casco del barco, el cual ahora se balancea al compás susurrante del mar.Todo esto no despierta sino una renovada admiración por <strong>la vida que se desarrolla en los dominios helados de la Antártida</strong>, tan perfectamente adaptada a un mundo <strong>extremo, frío y hostil</strong> que, al marcharse de aquí envuelto en todo este silencio, uno no puede evitar sentir que se había adentrado en un lugar prohibido.Un mundo de hielo, agua y nieve. También de niebla y nubes, y en el que <strong>impera un delicado equilibrio</strong> manifestado en los cambios de estado del preciado líquido que riega de vida nuestro planeta. Un continente vivo que se transforma con cada estación, y en el que las oscilaciones del hielo, vistas a través de un satélite, le otorgan el aspecto de <strong>un gigantesco corazón escarchado que late a escalas de tiempo incompresibles</strong> para nosotros.<a href="https://www.nationalgeographic.com.es/medio/2022/03/15/32a3184_c9a2407a_800x533.jpg">Media</a><a href="https://www.nationalgeographic.com.es/medio/2022/03/15/32a3196_f63ee717_800x533.jpg">Media</a>La Antártida es hoy <strong>un continente dedicado a la investigación científica y la paz</strong>, pero también un lugar paradójicamente protegido de la codicia del…

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