Noticias #eXplora <a href="https://static3.abc.es/media/ciencia/2020/10/01/resina-parque-jurasico-kdQE--620x349@abc.jpg">Media</a>Una de las escenas más icónicas de la película «Parque Jurásico» es el momento en el que los protagonistas, científicos escépticos ante el primer «parque de atracciones biológicas vivas» que se muestra ante sus ojos, ven un vídeo en el que se explica cómo ha sido posible traer de vuelta a la vida a los extintos dinosaurios. En el film se cuenta cómo a partir de un mosquito preservado en ámbar y que contiene en su abdomen la sangre de estos animales prehistóricos, se puede reproducir su ADN y, «rellenando los huecos» con información genética de una rana, conseguir un huevo de dinosaurio totalmente viable. Pero, ¿esto es científicamente posible o solo ocurre en las películas? Un nuevo estudio en el que han participado investigadores españoles viene a arrojar un poco de luz sobre el asunto. Lo primero es discernir entre qué fue primero, si el huevo o el dinosaurio. La ciencia de laboratorio o la ciencia ficción. La llamada «fiebre de los dinosaurios» se extendió como una plaga después de que el escritor Michael Crichton publicase en 1990 «Parque Jurásico», obra que tomaba (y retorcía) algunos estudios de la época que aseguraban, por ejemplo, haber extraído ADN de un escarabajo de unos 120 millones de años. La adaptación al cine tres años después bajo las órdenes de Steven Spielberg supuso el empuje definitivo a la «dinomanía», que llegó incluso a los ámbitos científicos: durante esa época, se produjo una carrera descontrolada para ver quién podía sacar la información genética más antigua y hacer realidad la premisa de aquel relato. No se pudieron replicar los experimentos de los 90 y el análisis del ámbar cayó en desgracia «El problema llegó cuando unos años más tarde se intentaron replicar aquellos experimentos. Fue imposible porque no existían muestras similares, ya que en las pruebas tienes que destrozar al insecto», apunta David Peris, investigador de la Universidad de Bonn y autor del nuevo estudio que acaba de ser publicado en la revista «PLoS ONE». Así es como surgieron estudios que atribuyeron los hallazgos a contaminaciones ambientales accidentales, a la vez que otras investigaciones afirmaban que el ADN no se puede preservar más allá del millón de años -los dinosaurios desaparecieron hace 65-. Estos análisis también incluían insectos conservados en copal (estado intermedio de fosilización de la resina entre la resina natural y el momento en el que se fosiliza para convertirse en ámbar, fenómeno que ocurre en torno a los 40.000 años) y no encontraron rastro de material genético. Los repetidos análisis con resultados negativos y las dificultades metodológicas -junto con la llegada del estudio del ADN neandertal- empezó a restar importancia al análisis del ámbar en genética. El experimento Pero hace dos años, un equipo liderado por Peris y la investigadora alemana Kathrin Janssen, en colaboración con investigadores de la Universidad de Bonn (Alemania), la Universidad de Barcelona, el Instituto Geológico y Minero de España, la Universidad de Bergen (Noruega) y el Museo Senckenberg (Alemania), se propuso rescatar el método y comprobar si realmente la premisa de «Parque Jurásico» podría ser cierta. «Creíamos que el tema estaba mal planteado desde el principio: a pesar de que gracias a la resina podemos observar los rasgos físicos de los seres vivos atrapados, eso no quiere decir que este sea un material apto para preservar ADN», afirma Peris. Así que cambiaron la estrategia y comenzaron por el final: en vez de buscar ADN en ámbar de 100 millones de años de antigüedad o más (y soñar con la resurrección de dinosaurios), intentaron detectar ADN en insectos atrapados hace poco tiempo en resina. Una vez conseguido eso, se procedería a investigar muestras cada vez más antiguas hasta encontrar cuál es su límite de conservación en resina y por qué. No eligieron mosquitos, sino escarabajos atrapados en resina…

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