Después de tantos de tantos días encerrados en el arca con la multitud de animales puros, Noé y los suyos se preguntaban cuándo dejaría de llover. Abrió el santo una ventana y soltó un cuervo, pero no regresó. Al cabo de siete días envió a una paloma fuera de la embarcación. No volvió hasta el final de la tarde, lo hizo con una rama de olivo en el pico. Noé y su familia supieron entonces que la ira divina se había aplacado y el diluvio universal había terminado. No existe un mito ligado a las montañas tan fascinante como el del diluvio universal y la iluminada aventura del patriarca que preservó la biodiversidad de la tierra, salvando la especie humana. La Biblia señala que duró cuarenta días y cuarenta noches y anegó toda la tierra, sobreviviendo Noé y su familia con una pareja de cada una de las especies animales vivas, hasta que «el día 27 del séptimo mes se asentó el arca sobre los montes de Ararat». Culturas muy diferentes han asimilado la leyenda. El monte Otris, donde varó el arca de Deucalión de los antiguos griegos. Utnapishtim en Babilonia, Ziusudra del antiguo credo sumerio, Atrahasis para la fe de los acadios, el monte de arena del Egipto de los faraones y Nuh, trasunto musulmán del cristiano Noé. Se conservan hasta trescientos relatos de diluvios, en tradiciones tan distantes como las de algunos pueblos precolombinos y de la India. Entre todos ellos destaca la relación del cristianismo con el mito. Grandes hecatombes sucedidas en el pasado ofrecen pistas de que la historia del diluvio podría estar basada en hechos reales. La erupción del volcán Thera entre los siglos XVII y XV antes de nuestra era, que produjo un gran maremoto, o el desbordamiento de los ríos Tigris y Éufrates son algunos ejemplos. Las investigaciones de los geólogos William Ryan y Walter Pitman de la Universidad de Columbia dan base científica a otro suceso geológico datado hace siete mil años, al final del período glaciar europeo. El Ararat es un extinto volcán formado por dos cimas El descubrimiento cien metros bajo la superficie del Bósforo de vestigios de una cadena de dunas certifica que en el pasado estas montañas de arena estuvieron fuera del mar, pues solo las forma el viento. La teoría de los mencionados geólogos señala que el exceso de agua procedente del deshielo de los ríos de Europa aumentó el volumen del Mediterráneo. La presión en la franja de tierra firme que ocupaba el estrecho de los Dardanelos arrasó esta barrera. Libres del dique, las aguas hicieron subir la altura del mar Negro, entonces más de cien metros por debajo del Mediterráneo, originándose un tsunami que inundó el interior de Anatolia, donde se alza el Ararat. Esparcidas por los pies de la montaña, aparecen grandes piedras con un tamaño de hasta casi dos metros de altura. Todas muestran un orificio en uno de los lados. Según los arqueólogos, esos orificios indican que eran anclas, atándose a ellos las cuerdas que las unían a las embarcaciones. Si la región no hubiera estado alguna vez cubierta por las aguas, no sería posible la presencia de embarcaciones. Con el paso del tiempo, las aguas se retiraron, quedando las anclas abandonadas en lo que había sido el fondo marino. El Ararat es un extinto volcán formado por dos cimas: la principal, con 5137 metros, y la secundaria, el Pequeño Ararat de 3896 metros. El área volcánica ocupa 900 kilómetros cuadrados, con importantes aparatos glaciares en sus alturas, aunque el calentamiento global los está derritiendo a gran velocidad. Por la ruta que hoy ocupa una carretera transitada por nutridas caravanas de camiones, pasaron viajeros y comerciantes durante siglos. Entre ellos, el veneciano Marco Polo en 1271, quien describe la montaña y sus nieves eternas. En 1403 otro gran viajero pasó por el Ararat en una andanza no menos extraordinaria. Comisionado por el rey de Castilla Enrique III, el caballero Ruy de Clavijo partió a Asia Central con la intención de lograr un acuerdo con el emperador Tamerlán, descendiente de Gengis Kan.…