Hay casas de aspecto amable… hasta que profundizamos en su historia y pierden su aparente bonhomía. Rose Hall es un buen ejemplo. Para llegar a ella hemos de desplazarnos hasta Montego Bay, la segunda ciudad más importante de Jamaica. Desde allí, apenas 12 kilómetros después llegamos a una mansión en la que se sucedieron tal cantidad de crímenes y rituales que cuando atravesamos el umbral de la casa algo parece invitarnos a dar la vuelta cuanto antes. Fue en el siglo XVIII, época de grandes plantaciones y mucha esclavitud, cuando fue levantada por el acaudalado empresario inglés George Ash, que mucho tenía que querer a su mujer para bautizar a la nueva mansión con el nombre de ésta –se llamaba Rose–. La cuestión es que mucho no disfrutaron de sus estancias, ya que Ash fallecería poco después y Rose, triste y melancólica, llegó a la conclusión de que para matar las penas lo mejor era casarse. Y así lo hizo hasta en tres ocasiones más. Anne Mae Patterson pronto daría rienda suelta a su gusto por la tortura y la sangre entre las paredes de la mansión Fue su último esposo, otro rico latifundista llamado John Palmer, con quien llevaría a cabo la última y definitiva ampliación de Rose Hall, convirtiéndola en una inmensa construcción de 365 ventanas –representando a los días del año–, 52 puertas –representando a las semanas del año–, y 12 habitaciones –cada una correspondiente a un mes del año–. Vamos, un derroche de imaginación, pero ante todo de dinero… En esta ocasión fue a Rose a quien no le dio tiempo a disfrutar de su reformada propiedad, ya que murió a los 72 años. Fueron tiempos oscuros, especialmente cuando el viudo, John Palmer, que vivía únicamente con un sobrinonieto al que había adoptado tiempo atrás, decidió acoger en su casa a una joven haitiana llamada Anne Mae Patterson, que se acabaría convirtiendo en su nueva pareja y a la que los esclavos de la plantación pronto llamaron "la bruja blanca de Rose Hall". Pese a haber nacido en Inglaterra, Annie, siendo muy pequeña, se desplazó a Haití. Allí comenzaron las calamidades, ya que cuando tenía apenas 11 años sus padres fallecieron víctimas de la fiebre amarilla, por lo que fue ingresada en un orfanato. No mucho después sería adoptada por una mujer, que además era sacerdotisa de la religión vudú. Pronto se extendió el rumor de que la bruja de Rose Hall sacrificaba niños pequeños para utilizar sus huesos en rituales de vudú Fue en esos años cuando aprendió los secretos de esta religión, y empezó a desarrollar un gusto desmesurado por la tortura y la sangre. En 1820 finalmente contrajo matrimonio con John Palmer, pese a lo cual se dedicó a seducir y a acostarse con algunos de los casi dos mil esclavos que trabajaban en la hacienda. Tan entretenida debía de estar con sus amantes, que pronto decidió que su marido la aburría, y lo envenenó, ocultando el asesinato bajo el velo de una enfermedad que conocía sobradamente: la ya citada fiebre amarilla, por lo que cerró la habitación a cal y canto. Lógicamente nadie se atrevió a abrirla. Poco después contrajo matrimonio de nuevo, aunque su flamante esposo no le duró mucho más, ya que decidió apuñalarlo, y para comprobar que estaba muerto, vertió aceite hirviendo en su oído derecho. La causa oficial fue nuevamente la maligna enfermedad. Y la habitación, para evitar contagios, sellada al igual que la anterior. El miedo se apoderó de los esclavos, que veían en aquella mujer a una especie de bruja que, al margen de matar a sus esposos, disfrutaba castigando, torturando y atemorizando a los trabajadores de la plantación. Para que no escaparan asesinaba a quienes lo intentaban, o colocaba cepos dentados en los alrededores de la finca para que los que se atreviesen a ello finalmente sufriesen terribles mutilaciones, como ejemplo para el resto Y así, atribuyéndole un poder maligno sin parangón, su aureola negativa fue en aumento, al tiempo que las historias de sus terribles actos crecían. Pronto se extendió el rumor de que sacrificaba niños…