Bloquear la llamada “desinformación” no es simplemente una restricción a la libertad de expresión; es un ataque fundamental a la santidad de la mente humana.

Cuando una sociedad decide que ciertas ideas deben ser suprimidas, hace más que censurar palabras: declara la guerra al proceso mismo del pensamiento.

El peligro de intentar “proteger” a la gente de la desinformación reside en la presunción arrogante de que una autoridad central puede, o debe, decidir qué es verdadero y falso en nombre de los demás.

Tal noción es un anatema para la razón, la libertad y cualquier sociedad que valore la integridad humana. La imposición de esta autoridad no protege al individuo; lo esclaviza.
La verdad no es un decreto estático dictado por ninguna autoridad, ni puede ser empaquetada previamente y dársela a una población pasiva. Es un proceso vivo de descubrimiento que requiere la libre interacción de ideas, cuestionadas y puestas a prueba en el crisol de la razón.

En el momento en que una sociedad empieza a bloquear ideas con el pretexto de impedir la “desinformación”, sustituye por la fuerza la facultad natural de la mente de discernir y juzgar.

Y esto, fundamentalmente, es una violación del derecho del individuo a pensar, a cuestionar y a aprender por sus propios medios racionales. Aceptar la “verdad” tal como la dicta la autoridad es abandonar el propio juicio, renunciar a la independencia en favor de la servidumbre intelectual.
Lo que quienes abogan por bloquear la desinformación no ven –o tal vez ven demasiado bien– es que esa censura erosiona los cimientos de la autonomía individual.

Un gobierno o institución que asume el papel de árbitro de la verdad reivindica el derecho a juzgar no sólo lo que es falso, sino también lo que es válido para que el individuo lo sepa. Al hacerlo, socava el núcleo mismo de la libertad.

Esto no es una salvaguardia; es un método de control, que allana el camino para una autoridad que impone la obediencia con el pretexto de proteger a la sociedad.

Un sistema de este tipo conduce inevitablemente al predominio del dogma sobre la verdad, pues las ideas que escapan al escrutinio por la fuerza se pudren en la oscuridad, sin oposición ni examen.
Bloquear la desinformación es dar a entender que el individuo es incapaz de discernir la verdad por sí mismo, que debe ser “guiado” por quienes saben más.

Este es el camino hacia una sociedad de sumisión intelectual, donde se espera que cada persona acepte sólo lo que se considera “aceptable”.

Una mente obligada a cumplir con las ideas sancionadas por el Estado es una mente a la que se le impide ejercer su función más alta: la búsqueda del conocimiento.

En una sociedad así, el discurso racional da paso a la opinión sancionada, la investigación crítica es reemplazada por una lealtad incuestionable y los hombres dejan de ser pensadores: se convierten en seguidores obedientes.
El concepto de bloquear la desinformación se opone fundamentalmente a la naturaleza misma de la verdad.

La verdad no requiere protección contra el disenso; prospera a la luz del debate abierto, donde se expone al escrutinio de la lógica, la evidencia y la razón. Aislarla de cualquier cuestionamiento es declarar que la verdad no resiste el examen, que necesita el apoyo de la censura. Pero eso es mentira.

La verdad es resistente, independiente y no necesita refugio.

Sólo las mentiras temen ser expuestas; sólo las falsedades no pueden soportar la luz penetrante de la investigación.
Una sociedad que valora la razón y la autonomía individual debe rechazar cualquier forma de censura, en particular el pretexto de bloquear la “desinformación”.

La única respuesta adecuada al error es más verdad, no supresión. La única protección que vale la pena tener es la libertad de pensar, cuestionar y decidir lo que es válido sin interferencias.

Cualquier otra cosa es un abandono del intelecto y una afrenta a la dignidad de la mente individual.

S. Tominaga CSW
3 de noviembre de 2024
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