Noticias eXplora: Las almas perdidas del «monte del terror» Situado en el centro de la península japonesa de Shimokita, en la región de Tōhoku del norte, se encuentra el monte Osore («Osore-zan» en japonés) cuya traducción directa viene a significar «el monte del miedo». Un nombre que no recibió por casualidad hace más de 1.000 años, y es que se trata de un volcán inactivo que entró en erupción por última vez hace 10.000 años. Rodeado de un paraje absolutamente hermoso, forma parte del conjunto formado por ocho volcanes que integra la zona. En este lugar, el olor a azufre está muy presente, así como de otras emanaciones tóxicas que dicen ser las causantes de visiones del infierno a los que lo visitan. Para completar este misterioso paisaje, el lago Usori, de aguas de inquietante color amarillo, es lo suficientemente ácido como para llegar a devorar el metal. Esta tierra abandonada y, como algunos dicen, maldita, se ha convertido en el epicentro de numerosas leyendas e historias sobrenaturales para la cultura japonesa, en las que se incluye su propio descubrimiento. Hacia el siglo IX, un monje budista, Ennin, tuvo una visión mientras estaba en China. En ella, un espíritu poderoso le decía que, una vez volviese a Japón, visitaría un área de vital importancia en la cosmología budista, situado entre ocho montes y rodeado de un río. Por consiguiente, el monje estuvo recorriendo durante más de un mes el territorio en busca de un lugar de semejantes características hasta que, finalmente, alcanzó el monte Osore. Allí, tras tallar la primera estatua de Bodhisattva Jizō, lo convirtió en un lugar sagrado para el budismo, construyéndose allí el templo Bodai-ji en el 862 d. C. Posteriormente hablaremos más en profundidad de estos dos elementos. El río es de vital importancia para entender el carácter místico de la zona. Sanzu-no-kawa, como se denomina el río en japonés, que significa «el cauce seco del inframundo». Según la leyenda, este río seco es atravesado por las almas en su camino hacia la otra vida, por lo que, en los funerales japoneses, se depositan seis monedas en el ataúd del difunto para que su alma pueda llegar al otro lado de este río. Esta idea encuentra cierta similitud con la cosmología griega en torno al río Estigia, el cual era necesario cruzar para alcanzar el inframundo. Sin embargo, algunas de las almas no pueden cruzar el río Sanzu, lo que las encierra en una especie de limbo. Esto afecta especialmente a los niños, que, por un lado, no poseen suficiente experiencia en la vida y, por otro lado, al haber muerto antes que sus padres no les pueden devolver el favor de haber nacido. Por lo tanto, estas almas permanecen allí eternamente. Por suerte, reciben la protección de la diosa Datsue-ba, cuyos espíritus acerca a la ribera (similar al purgatorio) para que amontonen pilas de guijarros que les permitan salir de su propio infierno terrenal. Sin embargo, estos guijarros son aplastados por demonios que están constantemente atormentándolos. Para la protección de los niños se depositan en el lecho del río, principalmente por parte de los padres y de algunos visitantes afligidos con los niños, estatuas de Bodhisattva Jizō, el protector budista de los niños. Además, los padres hacen guijarros para que las almas de sus hijos consigan escapar y colocan también regalos como juguetes o ropa de bebé para ellos, así como ofrendas para Jizō. Ofrendas y regalos que son depositados en el lugar para los niños El puente al más allá Los diferentes respiraderos por los que emana calor y azufre han sido tradicionalmente considerados como puertas reales hacia los diferentes infiernos. El puente Taiko, situado antes de llegar al templo Bodai-ji, es considerado el principal impedimento para que las almas lleguen al inframundo. Para los vivos, parece simplemente un pequeño puente, pero para determinadas ánimas supone un auténtico obstáculo. Aquellas que durante su vida han llevado una vida pacífica pueden superarlo sin problema. Sin embargo, los que en su vida no ha abundado la pureza pueden…