El origen de la adicción al azúcar

<strong>El fondo del vaso</strong> - Tenían que sacar la máquina expendedora de refrescos, la de <em>snacks</em> y la freidora. Las levantaron, las arrastraron por los pasillos hasta el bordillo de la acera y las dejaron junto a otros trastos para tirar detrás de la Kirkpatrick Elementary School, una de las escuelas primarias de la localidad de Clarksdale, Mississippi. Fue hace siete años, cuando las autoridades reconocieron por primera vez la magnitud del problema. Clarksdale, donde el <em>jazz</em> vivió la edad dorada del delta blues, es conocida por sus campos de algodón y sus hermosas mansiones victorianas, pero también por ser el epicentro de una colosal crisis sanitaria que afecta a <a href="https://viajes.nationalgeographic.com.es/p/estados-unidos">Estados Unidos.<strong>La elevada incidencia de obesidad, diabetes, hipertensión y cardiopatías es, según algunos expertos, el legado del azúcar,</strong> un producto que envió a los antepasados de la mayoría de los residentes de Clarksdale al otro lado del océano cargados de cadenas. «<em>Sabíamos que teníamos que hacer algo</em>», me dijo SuzAnne Walton, la directora del colegio.<a href="https://www.nationalgeographic.com.es/medio/2022/09/19/mm7723c-121012-001498_8c73b05e_800x526.jpg">Todo mejora con burbujas, o al menos eso cre&amp;iacute;an los clientes de los balnearios, que sol&amp;iacute;an beber agua mineral con gas como parte del tratamiento para el mal que padeciesen. El descubrimiento en el siglo XVIII de que el di&amp;oacute;xido de carbono era el causante de aquellas burbujas permiti&amp;oacute; desarrollar sistemas para producir agua gasificada y, m&amp;aacute;s adelante, bebidas azucaradas como el ginger ale o los refrescos de cola. Hoy, una lata de refresco contiene unas nueve cucharaditas de az&amp;uacute;car.&amp;nbsp; Nacida y criada en Clarksdale, Walton estaba enseñándome la escuela mientras me explicaba las medidas adoptadas por el claustro –como sustituir la freidora por un horno o los dulces por fruta– para ayudar a los alumnos (un 91% de afroamericanos, un 7% de blancos, «y tres latinos» el 2% restante), la mayoría de los cuales hace allí dos comidas al día. «<em>Los niños comen lo que se les da, que suele ser lo más dulce y lo más barato: pasteles, cremas, golosinas… Las cosas tenían que cambiar, por su bien</em>», me dijo.

Tomemos como ejemplo a Nicholas Scurlock, que acaba de empezar su primer año en la Oak­hurst Middle School, el instituto de secundaria. Cuando estaba en quinto curso de primaria ya pesaba 61 kilos. «<em>La gimnasia le aterraba</em> –me contó la directora–. L<em>e costaba correr, le costaba respirar… El p</em><em>obre lo tenía muy difícil.</em>»
«<em>Aunque yo no soy quién para hablar</em> –añadió Walton, riendo y dándose una palmada en los muslos–. <em>Yo también peso lo mío.»</em>

Me encontré con Nick en el comedor, sentado junto a su madre, Warkeyie Jones, quien me contó que había cambiado sus hábitos alimentarios por su propio interés y para servir de ejemplo a Nick. «A<em>ntes comía dulces todo el día, porque trabajo sentada en un escritorio y ¿qué otra cosa iba a hacer? Pero ahora como tallos de apio. La gente me dice: “Seguro que lo haces porque te has echado novio”. Yo les digo que no, que lo hago porque quiero vivir y estar sana.»</em>
<strong>Si llenas un vaso de agua, le añades azúcar hasta el borde y lo dejas reposar cinco horas, verás que al regresar los cristales se han depositado en el fondo</strong>. Clarksdale, una ciudad importante de uno de los condados con más obesidad, en uno de los estados con más población obesa, en el país industrializado con más obesos del mundo, es el fondo del vaso de Estados Unidos, donde el azúcar se deposita en el cuerpo de niños como Nick Scurlock. Es el legado del azúcar, encarnado en un niño.

<strong>Mezquitas de mazapán</strong>

Al principio, <strong>en la isla de Nueva Guinea, donde hace unos 10.000 años se domesticó la caña de azúcar</strong>, la gente cogía las cañas y masticaba el tallo…

Comments

Be the first to add a comment