Noticias eXplora: El síndrome del impostor Siete de cada diez personas experimentan el llamado Síndrome del Impostor (SI) al menos una vez en la vida, de manera que se trata de una vivencia bastante extendida por la que la inmensa mayoría de nosotros pasamos sin mayores consecuencias. Tirando de memoria quizá logremos recordar cómo nos sentimos algo impostores al conseguir una destacada mejora laboral, culminar con éxito un proyecto profesional o a raíz de un reconocimiento social del que fuimos objeto. En alguna deestas u otras situaciones similares tal vez nos hayamos visto tentados, sin mayores consecuencias, a pensar que ante otros candidatos la suerte se conjuró a nuestro favor jugando un papel determinante, y no del todo merecido, en el resultado que celebramos. Sentirnos un impostor hace que no disfrutemos de los éxitos logrados y nos hace vivir en un estresante escenario de permanente autoexigencia A fin de cuentas, frecuentemente percibimos la vida como una sucesión de instantes de cal y de arena, de golpes de suerte. Sin embargo, cuando esta puntual forma de evaluar nuestros logros y conquistas se automatiza y cronifica,haciéndose extensible a amplias esferas de nuestra vida, el miedo y la ansiedad asociadas a la hipotética posibilidad de que los demás descubran "nuestra verdad" puede llegar a ser incapacitante, haciendo dudar constantemente de su valía y capacidades incluso a las personas más competentes. Es tranquilizador saber que este síndrome no está tipificado como enfermedad o trastorno mental, pero no deja de ser cierto que sentirnos un impostor hace que no solo no disfrutemos de las metas y éxitos logrados al considerar que no los merecemos, sino que además nos hace vivir en un estresante escenario de permanente autoexigencia, a veces de perfeccionismo extremo, al considerar que tenemos que trabajar más que el resto para disipar dudas sobre nuestras capacidades y, además, hacerlo de manera impecable por la nula tolerancia al error que presenta el pseudo impostor. Otra de las muchas consecuencias que tiene vivir en una inexistente impostura es la de evitar a toda costa correr el más mínimo riesgo, manteniendo un perfil bajo a la hora de tomar decisiones o iniciar proyectos, incluso ocultando las verdaderas opiniones para no desentonar en el grupo. Ello reduce la posibilidad de equivocarnos y, por tanto, de que los demás descubran que no somos todo lo buenos que ellos piensan que somos. Este comportamiento puede verse reforzado subestimando los logros, restándoles importancia, haciendo lo mismo con los elogios recibidos, que se atribuyen por ejemplo al desconocimiento del otro sobre su verdadera condición de impostor. El SI funciona como una trampa mental que se alimenta del déficit de autoestima de quien lo padece VIVIR EN UN ESPEJISMO Conviene tener bien claro que el SI es un perturbador espejismo para el que no existe sustento ni argumentos reales ni objetivos, actuando como una trampa mental que se alimenta del déficit de autoestima de quien lo padece, que siempre atribuye a la suerte las cosas buenas y positivas que le suceden, y al mismo tiempo no duda en hacerse responsable de todas las negativas debido a su percepción de incapacidad. Quién es víctima de este síndrome sabe exactamente de lo que hablamos, pero si el lector es de los que navega en la duda, por fortuna existen diversidad de test que permiten determinar si estamos atrapados en sus redes. Inicialmente el síndrome fue descrito hacia 1978 por las psicólogas Pauline Rose Clance y Suzanne A. Imes en un artículo en el que estudiaban su incidencia en un grupo de 150 mujeres de alto rendimiento, todas con grandes logros académicos y profesionales, reconocidas y apreciadas por sus colegas y mentores, pero que se sentían farsantes. Este punto de partida llevó a pensar erróneamente que se trataba de un fenómeno femenino, cuando realmente los estudios posteriores han demostrado que afecta por igual a ambos sexos, aunque obviamente la sociedad predominantemente machista en la que vivimos lo acentuaba…

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