Escuchar el mar para proteger la naturaleza
TRANSCRIPCIÓN DEL PODCASTDurante mucho tiempo la humanidad imaginó que las profundidades marinas eran un reino silencioso, carente de sonidos. Incluso el gran explorador de los océanos Jacques Cousteau tituló “ <i>El mundo del silencio”</i> al libro y la película que realizó a mediados de 1950 para dar a conocer al mundo las maravillas de un mar. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: <strong>el mar está lleno de sonidos</strong>. Como se empezaría a descubrir años más tarde gracias a los avances en bioacústica, el mar es en realidad <strong>un magnífico auditorio</strong>. Allí se interpreta un majestuoso concierto del que nosotros los humanos, sin ayuda de la tecnología, apenas percibimos un 10%. Se trata de una sinfonía conformada por todos los sonidos que los animales intercambian entre sí, un rico paisaje sonoro que se ha venido gestando desde los orígenes de la vida. Sin embargo, a pesar de ser <strong>una sinfonía única y maravillosa</strong>, los humanos estamos interfiriendo de una forma brutal. Desde hace ya demasiado tiempo, las ruidosas actividades humanas <strong>dificultan esa comunicación submarina</strong>, con unas consecuencias devastadoras para una gran variedad de organismos.El sonido es para muchos animales el principal medio de comunicación, tanto entre individuos de la misma especie como entre las distintas especies. Y <strong>Michel André</strong>, director del Laboratorio de Aplicaciones Bioacústicas (LAB) de la Universidad Politécnica de Cataluña, lo sabe bien. <a href="
https://www.nationalgeographic.com.es/medio/2022/12/07/michel-andre-sonidos-del-artico-podcast_3dbf621d_221207124325_800x600.jpg">Con los auriculares puestos y gracias a una boya situada en el fondo marino, Michel André escucha&nbsp;el ruido del Ártico, cuyo deshielo ha abierto&nbsp;la posibilidad a nuevas actividades humanas.&nbsp;La perturbación sonora en el ecosistema puede causar un desequilibrio de la biodiversidad polar. </a>Nacido en Toulouse, este ingeniero y biólogo lleva más de 30 años estudiando el impacto que acarrea la contaminación acústica en el medio marino. Y no solo <strong>sobre los mamíferos, en especial los cetáceos</strong>, como se pensaba hasta hace unos años. Hoy sabemos que el ruido que producimos debajo del agua afecta también a peces, invertebrados marinos e incluso a especies de flora marina como la Posidonia oceánica. Los ejemplos de esta <strong>contaminación acústica humana</strong> son casi infinitos: tráfico marítimo, prospecciones petrolíferas, construcción de parques eólicos, puertos o puentes, campañas sísmicas, minería submarina, sonares militares y comerciales… y a muy poca gente parece importarle este impacto negativo sobre el medio ambiente.No es el caso de André, quien tras estudiar bioquímica y fisiología animal, y biotecnología, <strong>se especializó en bioacústica en Estados Unidos</strong>. Más tarde, exactamente en 1992, llegó a las islas Canarias tras producirse varias colisiones entre embarcaciones y cetáceos. Los expertos, él incluido, apuntaron que las colisiones podrían deberse a una pérdida de capacidad auditiva de esos animales, algo que se pudo confirmar a posteriori en las autopsias. El origen de una preocupaciónResulta que algunos cetáceos, como los cachalotes, <strong>sufren pérdidas irreversibles de audición</strong> debido al creciente alboroto en los océanos provocado por los seres humanos. Además, estos grandes mamíferos marinos suelen emerger a la superficie de forma brusca para respirar, tras permanecer a 3.000 metros de profundidad alimentándose. Y tardan en recuperarse alrededor de 15 minutos. Es en ese lapso de tiempo, exhaustos por el esfuerzo, cuando son embestidos por las afiladas quillas que tan a menudo <strong>los dejan heridos de muerte</strong>. Aquellos lamentables sucesos fueron el detonante de que se iniciasen investigaciones para evaluar cómo los ruidos que produce el hombre en los océanos están relacionados con estas colisiones…